miércoles, 11 de septiembre de 2013

El desengaño. 1ª parte




Pero tal vez la vida, siendo esencial, no basta. Es un cuento seco. Hay una desazón en el hombre que puede ser, simplemente, la búsqueda, siempre fallida y renovada en la vida, del cuento lejano que nos contó la abuela.
“A la luz cambian las cosas”
Medardo Fraile

 


Ilustración del artista alemán Michael Sowa.
Para saber lo que 
hay que saber en la vida, puede bastar con un solo gesto, pero la dificultad está en que te llegue a tiempo, y en que tú lo sepas entender.


Escribo este texto en la casa cerrada de un pueblo, en la misma mesa en la cual hace años recibí la señal que necesitaba, y que no supe, o no quise, entonces entender.

¿Cuándo empezó todo? ¿En qué preciso instante comenzó a fraguarse la ruina que se ha tragado en tres años lo que había alzado en veinte, y la desazón en la que me encuentro?

Esto, las respuestas a las insidiosas preguntas que desvelan mis noches, si es que las hay, es lo que he venido a buscar en estos días, antes de tener que sacar lo que hay de valor en la vivienda de los ancestros, antes de que lleguen los del juzgado el lunes a ejecutar los embargos: el de esta casona y sus corrales, el de las tierras que desde siempre pertenecieron a la familia, el de lo apenas levantado donde antaño se alzaba el trigo, y, acaso, también, el embargo inevitable e inservible de mi propia vida.

He llegado hace un par de días,  y ahora, en este tercero, empieza a amanecer. Si miro por los ventanales de esta cocina, echo en falta la silueta del blanco palomar, ahí, donde siempre estuvo y tantas veces viera, en medio de la loma de la colina de los campos de siembra, orillado en el camino que va y viene. Su silueta fue la que tomé para logotipo de mi empresa, pues como símbolo, como refrenda de una tradición, como adorno superfluo después de todo, llamé a mi constructora “El Palomar Proyectos Inmobiliarios”.

También fui yo quien lo mandara derruir.

Pienso en lo que busco, y creo que  tal vez todo empezara en la mañana que subí la colina que observo ahora con el viejo, con el abuelo, como tantos amaneceres de otoño la habíamos subido juntos,  en silencio concorde, ajustando cada uno el paso al del otro, respirando el mismo aire inaugural de la mañana, cuando yo intentaba solapar  mi respiración agitada y el deseo gaseoso de mi pecho a su pausado andar, en los felices días en que  me llevó de caza. 


Palomar castellano.

Pero en aquella ocasión, la que ahora recuerdo,  no había consenso en nuestra mudez, y él se sentía, ahora lo sé, la presa de mi ambición desbocada.

Sí, sé que en aquellos días de porfía en que llegué con  mi proyecto, fue cuando saqué la primera palada de la fosa en la que me encuentro. Y sin embargo, nada siquiera se atisbaba todavía de la lenta molicie que llegó.

Estudié Derecho, y aunque el panorama para los negocios aún no era prometedor en aquellos días, no me entretuve en preparar  oposiciones, como era  aconsejable, ni en procurarme ningún trabajo subsidiario en las consabidas entidades provinciales, y como ya estaba  inoculado con la  inquietud de hacer grandes y novedosas obras,  busqué como pude los medios necesarios  y fundé mi empresa inmobiliaria. 

Nací en la capital de nuestra provincia, a la que se trasladaron  mis padres a principios de los años sesenta. Durante la niñez íbamos  al  pueblo en las vacaciones, en quincenas alternas; unas al de los abuelos paternos  y otras al de los  maternos. Me gustaban esos días como a todo chiquillo suelen gustar por el festín de aventuras agrestes, sencillas e inusitadas.  Aburridas me empezaron a parecer esas estancias en la adolescencia, cuando el terruño y sus gentes me resultaban desgastados como un chicle mil veces salivado; desoladas y yertas en mi juventud, en las que mi carácter me demandaba lugares exóticos y excitantes, y más tarde, en los inicios de mi madurez, venir por aquí, no sólo a mi familia, sino a mí mismo, nos resultaba una nostálgica pérdida de tiempo, cuando había tanto mundo por conocer.

Hacía años  que no me acercaba por el pueblo más que  a los entierros, el día grande de las fiestas, o en esporádicos fines de semana con los amigotes a matar perdices.  Por ello mis abuelos se extrañaron cuando volví para  quedarme una temporada aquella vez.

Aunque, para qué engañarnos; las gentes de campo son  intuitivas, y el viejo, en su barrunto, hacía tiempo que esperaba mi vista.

Noté que sabía a qué había venido la primera tarde, cuando, por costumbre, hacíamos la ronda por los bares de la plaza, en espera de que la abuela aviara la cena.  Así lo habíamos hecho cuando me gradué en el instituto con brillantes notas, al regresar licenciado de la mili, cuando más tarde saqué la carrera, o cuando inauguré  mi  constructora. En aquellas ocasiones, el abuelo había insistido en llevarme a cada una de las tabernas del pueblo, y no eran pocas, y apenas entrábamos en la tasca de turno, el viejo comenzaba a proclamar a los parroquianos las excelencias de aquel mozalbete que no se hartaba de recordar lo que todos ya sabían: que era su espabilado nieto.

Pero en la tarde que rememoro, el abuelo se mostraba taciturno. Entrábamos en los lugares habituales y el hombre consumía el vino en un silencio ruidoso, como los bebedores apurados, con la vista un poco perdida, escuchando lo que yo le iba diciendo, oyendo mis palabras pero no albergándolas, dejándolas que le  zarandearan la opinión, consintiendo que el brío que yo les daba  envolviera su entendimiento. De vez en cuando me miraba fijamente y me hacía alguna pregunta que generalmente no iba con lo que le estaba contando; se la contestaba y volvía a lo mío, poniendo más énfasis en mis argumentos.

Apuraba él su vaso hasta las heces, con una vehemencia que no le recordaba, como quien quiere extinguir su amargura; se rascaba con sus gruesos dedos el cogote, se recolocaba la boina,  decía: “No sé hijo, no sé…”, y ya me encaminaba hacia otra taberna, y allí lo mismo. 

Alguien se acercaba  a saludar en donde entrábamos, a decir que había visto mi cochazo y que sabía  la buena marcha que llevaban mis negocios. Me dejaba regalar el oído por el parroquiano, que siempre terminaba por invitarme  a merendar a su bodega; para beber unos jarros, para dar cuenta de  su matanza, para  charlar de los viejos tiempos…, aunque yo sabía que era para pedirme trabajo para tal o para cual, o para ofrecerme sus tierras o algún negocio.

Al abuelo ya no le cabía  presumir de su nieto: bebía, callaba, rumiaba sus temores, me dejaba hablar.

Cuando regresamos aquella tarde a la casa, sin apurar aquella vez el cómputo de las tabernas,  yo pensaba que había quebrado sus reticencias a mis planes,  que con mi versátil cháchara de vendedor de proyectos, que con el soplido inagotable de mis argumentos, había terminado por  quebrar su adusto, arbóreo y reconocido escepticismo de hombre de campo.

Estaba tan acostumbrado a hacerlo con extraños en la ciudad, que me lo había prometido fácil para con uno de los míos. Pero qué iluso era aquella tarde, pues ahora comprendo que el viejo hizo con mis palabras entusiastas lo que los árboles hacen con el entusiasmo desaforado de los vientos para que no los partan: no les ofrecen resistencia, les dejan cimbrear sus ramales, consienten en ser vareados por el aire, resisten mudos, con el solo crujir del retorcimiento de su arboladura, y así los van  aflojando a base de hacerles dar vueltas y vueltas por el laberinto de huecos de su ramajes.

El viejo luchaba contra el vendaval  que yo le traía de la ciudad de igual manera; contra el tornado en cuyo centro se encontraba, y cuyas señales ya hacía tiempo que había adivinado. El anciano se defendía del airón de mis palabras,  al igual que en las dehesas las encinas de los vientos bravos, para no ser malamente desmochadas, desarraigadas y dejadas esparcidas por la tierra como las sobras de una juerga.

"Luz al final del túnel", del autor lituano Ceslovas Cesnakevicius.

Pero quizás me haya  adelantado al suponer que aquella visita fue el inicio de mi desgracia…



Continúa...

11 comentarios:

Club de lectura dijo...

Prometedor inicio, como siempre. Gracias Ángel por compartir tus relatos con los que tanto disfrutamos.

Taller literario "Espejos de Tinta" dijo...

Interesantes palabras, dibujos y fotografías. Se nota que sientes lo que haces. Me parece tu blog muy personal e imaginativo. Buen trabajo y ánimo para seguir. Saludo.

Lectora (la que tú sabes) dijo...

Me gusta como escribes.Dejaría más comentarios a tus escritos pero es una lata.

Anónimo dijo...

Hace tiempo que sigo este sitio porque me gusta, y me pregunto para cuándo dejas los finales de algunos de los cuentos iniciados. Gracias.

ÁNGEL DE ARRIBA SÁNCHEZ dijo...

Gracias Amig@s lectores, me alegra os gusten mis relatos. Seguiremos...Un saludo para todos.

Iván dijo...

Hola tío, es la segunda vez que he leído tu blog, muy buen post, se nota que lees mucho y ya llevas años escribiendo, yo ahora le estoy pillando interés poco a poco en los ratos libres, saludos.

ÁNGEL DE ARRIBA SÁNCHEZ dijo...

Hola Iván, me alegra verte por esta bitácora y que te aficiones a leer. Gracias por tu comentario, y celebro que te guste lo que escribo...Un abrazo, campeón.

http://openid.blogs.es/luciamg7 dijo...

Me ha gustado mucho Ángel, espero con impaciencia la segunda parte.
Saludos

ÁNGEL DE ARRIBA SÁNCHEZ dijo...

Gracias Lucía por tu comentario. Me alegra mucho que estas letrillas mías te hayan gustado. Espero poner el final del relato al final de esta semana. Interesante página la tuya con temas que me son muy queridos, ¡Enhorabuena! Un afectuoso saludo, amiga lectora.

Amaya dijo...

Me encanta,espero la segunda parte,sé que no me vas a defraudar.Amaya

ÁNGEL DE ARRIBA SÁNCHEZ dijo...

Gracias Amaya por tus palabras, eres muy amable, y es estupendo que te haya gustado el inicio del relato. Pronto el desenlace, y espero no decepcionar tus expectativas.Un abrazo, amiga lectora...