Homenaje a la emigración,
y especialmente a la de mi tierra La Sierra de Francia.
Enero me llega con
el olor de las naranjas, con el blanco sideral
de la leche, con luz parpadeante, nostálgica, fluorescente de una vieja
estación de autobuses.
Esto tiene su
porqué, como las insignificantes cosas que como calderilla en los bolsillos,
sin embargo, son las que nos permiten seguir metiendo en la ranura de la
máquina de la vida para echar otra partida en este juego que jugamos cada día.
Ocurre que en este
inaugural mes, a mí me da por mirar hacia atrás y hacia adelante como aquel bifronte
dios Jano - al que debe su nombre- y
cuyas mitologías se saben bien las enciclopedias. Así que acostumbro en estas
terneces del calendario a volver la vista a mí ayer, al olor de aquellas
lustrosas naranjas que había siempre en los
zapatos el día de Reyes. Eran enormes, como quiere ser todo aquello que
se rememora, muy jugosas, y con unos gajos tan bien formados que parecían
suertes de bancales serranos. Además, puestos a significar datos, venían
vestidas como de domingo con aquel cantarín papel de seda. Habían sido de los
regalos más preciados, me decían mis mayores, aunque ya no lo eran en mi
infancia. No acaba de entender yo que en una tierra tan frutal: de tanta uva
rufete, manzanas, peras, melocotones, cerezas, madroños, caquis, ñoquis,
ciruelas…, y demás obsequios de los huertos, se le rindiera por nuestro oeste tanto tributo a esas esferas
engreídas del levante.
Por lo demás, el
resto de los regalos que dejaban en nuestras albarcas sus majestades, tenían el
glamur apocado y utilitario de las berzas: unas carteras escolares, gruesos
calcetines de lana, una navaja para los almuerzos campestres, cuadernos, acaso
un librito para colorear y, alguna vez, una caja de rotuladores de mucho
empaque que habían llegado de Alemania.
En cuanto a mi
antojo lácteo para el mes zaguán del año, la cosa viene también de aquellos entonces.
Ocurría que cada día del año, metidos en la atardecida, el primero de los
hermanos que llegara a la casa fatigado de sus correrías, había de tomar la lechera
de aluminio de dos litros, e irse de mandado al recaudo de la leche. Y por lo
que sigue, ése era casi siempre el que os entretiene con estas letras. Así que
tomaba el recipiente, y arremolinando vueltas por su asa, me acercaba hasta el
negocio añoso de la señora Maruja,
la panadera de Sequeros. Era ella la
que siempre me servía, aunque a veces también su esposo, Manuel.
Era entrar en aquel enorme obrador, y yo sentía el beso de tornillo del calor
prófugo del horno de barro, y las remembranzas de la combustión de la leña de roble
o de las encinas de las dehesas. Luego,
sobre una mesa de tablas enharinadas de años, Maruja iba vertiendo con su cuartillo en mi lechera, mientras yo
regoloseaba los bollitos de azúcar que por 5 pesetas bajamos a comprar en los
recreos escolares, o sus cocos de piramidal sabor, o sus mantecados, o los
roscones recién devorados, o, cómo no, sus perrunillas enjoyadas con una almendra
perlada que ya la quisieran para sí muchas coronas reales. Para mí, con el
tiempo, esto de ir por la leche, se convirtió en acto de guardar, pues a menudo
me caía algún dulce. Cada día, el momento que más me agradaba era cuando
cumplida la cantidad, la buena señora me miraba, me dedicaba una sonrisa
crecida; como de miga de magdalena, metía de nuevo el cacillo en la gran
caldereta vacuna de cinc, y vertía en mi
lechera un poquito más de leche; eso que se decía “la chorrada”.
Una de aquellas
noches, cuando nos despedíamos en su puerta, ambos mirábamos la gran luna llena
que, como una gran masa para hornear en nuestros ojos, fermentaba en la
oscuridad. La señora Maruja hubo de advertirlo en mi cara no menos blanca, y me
dijo: “No sabes que la luna de enero es la más vistosa del año, y sus
estrellas, cuando ésta se apaga, de las que más guiñan sus ojos, y son días en
que si sabes pedir con corazón, siempre te conceden tu deseo”. Y nada respondí,
recuerdo, pero acaso pensaría que hombre, en mis años de chiquillería, no me
entretenía yo en esas observaciones. Claro que…, sus palabras me calaron hasta
hoy, y será porque si venían de ella, mujer a la que yo tenía como gran sacerdotisa;
la sabia de mullidas manos, la que en ese templo que me parecía su tahona nos
obraba la homilía diaria de su pan, y la
más festiva de los hornazos dulces o amarillos por los abriles cuaresmales, y
nos asaba un tostón o un cabrito cuando teníamos visita o celebración, pues…
Es también en este
primer apeadero del año cuando el b¡fronte dios que ya conoces, gira su cabeza
y mira hacia adelante: hacia el mañana que quiere ser cada hoy. Y me veo
siempre en el silencio de una cocina, entre el rumor sordo de las ollas, de las
cacerolas dormidas, de las sartenes que escondían su culo corrupto de tantos
guisos, y bajo la llovizna de una bombilla de 60 donde ovilla la escasa luz una
polilla. Siempre me llega también enero con pensamientos viajeros, como me
llegó tantas veces en mi juventud apenas el año echaba a andar, cuando después de la visita navideña había de
partir a alguna parte: Oviedo, Salamanca,
Principado de Andorra, Burgos cuando el Servicio Militar, Segovia…, o
esa provincia donde uno siempre es extranjero y que es otra forma de ser uno
mismo.
Sí, enero
significaba partida, peregrinación a algún
lugar donde ganarse las legumbres. Era entrar en una madrugada de farolas legañosas en el que
sentías como en camisa que queda chica;
como en zapatos que muerden con su
apriete. Así era para mí, y para tantos, acaso por esa recurrente vocación
migrante que parece tener el serrano. Cuántas veces, rota la maldormida
de la última noche, alguien se ha
sentado en un escaño de tabla dura a esperar sobre la mesa pobre, pero solícita,
que le sirvan el café con leche y achicoria, y unas rebanadas de pan frito en
manteca. Mientras, se oye al fondo la voz oracular de una mujer –una abuela,
una madre, una hermana, una esposa- que trajina apresurada por las alcobas,
rematando la maleta y comentando que había
remendado el último pantalón y puesto coderas a la chaqueta el día anterior,
zurciendo -dice con orgullo que se advierte y sabe a agua de caño- hasta las
tantas. Pero el viajero solo atiende al crepitar de los sarmientos de la lumbre
incipiente y sufre porque el fuego ya no será para él. Y escucha por las huídas
del silencio el motor del viejo frigorífico como buscando latidos al corazón
del instante que se le está muriendo en el quirófano de la hora que le trastierra
otra vez.
Recuerdo cuando
subíamos la calle en aquella hora de éxodo. Y llegábamos a la parada poco antes
de que el coche de línea llegara desde Villanueva
del Conde lento, tozudo y mecánico como un cangrejo de río, pero que aún no sé por qué en mi memoria va liviano y feroz
como bólido.
Es ya la hora: el
monstruo de grandes fauces ha llegado.
Mi madre saca de su
pañuelo un billete azul Zuloaga tan
bien dobladito que tardaré meses en canjearlo aun cuando lo necesite. Sueltas
tu macuto en el buche de la bestia, y en un descuido, ella mete una castaña en
tu chaquetón. “Que trae suerte, ¡Mi prenda!”, dice con cara helada de medalla
de acero. “¡Ande madre, quite, quite…, que yo no soy de estas chorradas…!”,
pero comienzas a cuajarte como una quesada, y para disimular sonríes con el
poco lustre de una baratija, o acaso porque te acuerdas de lo que ella te
contó: de aquellas dos hermanas de La
Alberca que mercadeaban lugares anunciando: “¡Las mejores castañas de la Sierra de Francia: la mía…, y la de mi
hermana…!”
Ahora, en una
cocina urbana, de nuevo 7 de enero. Lamento que estos silenciosos frigoríficos de última generación no le pongan
el pálpito que requiero a la madrugada, y que mi silla esté demasiado
acolchada, y que la cafetera de cápsulas
haga tan buen café, y que falte la consagración de un fuego de chimenea, y que
el pensamiento se me llene con las cenizas del ayer. Aprieto, si embargo, en mi
mano una castaña, miro por la ventana un cielo sin luna, pero se la pongo bien
llena, la más grande del año ha de ser, oronda y cumplida como una buena
naranja, y luego saboreo su luz cítrica y vitamínica que hará -me dijeron una
vez- fructificar los sueños que quedan
por soñar.
Texto e ilustración publicado en el nº 32
de "El Periódico de la Sierra de Salamanca",
y en el
periódico digital Salamanca Rtv al Día.
Ángel de arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes