domingo, 6 de abril de 2014

El desengaño. Final.


                                       ...viene de "El desengaño" 2ª parte.


Ilustración de Quint Buchholz.
Pero entonces, cuando la visita al abuelo en el pueblo,de la que he contado antes, todo me iba bien: demasiado bien. Había construido por toda la ciudad y por todos los municipios de su alfoz. Eran largas hileras de pareados que no entendían de las costumbres del sol ni de las andanzas de los vientos. Sólo procuraba que tuvieran buena vista, buena fachada, rápido alzado y bajo coste de fabricación. 

El sol ya domina ahora la extensión del cielo, y con su luz imparcial juzga a todo lo sobrevivido a la noche. He de terminar este escrito, esta confesión que tengo intención de titular: “A quien interese”. He de apresurarme, pues pronto abrirán los juzgados y no tardarán en llegar sus oficiales para cumplir las órdenes del juez.

Este pueblo está a pocos kilómetros de la ciudad, en un alto que permite ver el perfil soñador de ésta a lo lejos, o tenerla entera casi al alcance de la mano en el espejado aire de después de la lluvia.  Así la contemplé muchas veces en mi adolescencia, sentado en lo alto del palomar, cuando yo me prometía el mundo en un tiempo que era de los otros. Estos terrenos son los mejores del contorno. Diez hectáreas de tierra fértil en una suave pendiente hasta el valle fluvial. Era el lugar ideal para hacer una urbanización de chalets de lujo de segunda residencia. Proyecté pistas de tenis, piscinas, supermercados  y, sobre todo, un extenso campo de golf. 

Pronto conseguí los permisos y calificaciones de antiguos compañeros de correrías juveniles que habían llegado a concejales. Me fue también fácil hacerme con las tierras de los vecinos.  Pero no con los terrenos más importantes, los que constituían el corazón del proyecto. 

Tardé mucho en hacerme con ellos, pues estos eran los  de mi abuelo.

No conseguí, en los años que de vida le quedaron al viejo, que entrara en mi desmesurado proyecto inmobiliario. No pude con  su idea de que al hacerlo traicionaría a sus ancestros. La tierra era sagrada, me decía, y trasmitir a tus descendientes más de la que se te dio era lo correcto, me repetía con vehemencia en cada charla.

Era tanto el trabajo que yo tenía por otras partes, que en años apenas presté atención a este proyecto. Pero no se me olvidaba. A medida que iba yo adquiriendo propiedades colindantes, el abuelo me iba retirando sus palabras. Un día mandé llevar las máquinas para desmontar las tierras colindantes a las del viejo, iniciar algunas construcciones y comenzar el desmonte para el campo de golf. 

El abuelo murió poco tiempo después, y no faltó quien achacará a mi acción su muerte.

La abuela le siguió a los tres meses. No fue entonces difícil convencer a los herederos, a mis tíos y a mi padre, de las virtudes del complejo residencial “Vistas del Palomar”. Comenzamos enseguida la excavación de los cimientos del  núcleo central de la urbanización,  y allí donde la tierra había exudado cereal, la espera de los barbechos  o el alegre girasol, ahora se atragantaba con el cemento y los cantos advenedizos del hormigón. 

Pero empezaron los problemas en otros titánicas iniciativas mías. Crecían los impagos de los clientes, aumentaban mis deudas con los proveedores, y se estrechaba el estrangulamiento reptil que, los otrora generosos bancos, comenzaron a ejercer sobre sus millonarios créditos.

Hasta que todo colapsó. El asunto es conocido y no me demoraré en ello.

Lo he perdido todo. Han sido largos meses de ejecuciones y pleitos que me han minado el ánimo, la fama, la dignidad propia y la salud. De aquel proyecto mío, el más querido, no hay más que unas cuantas dentelladas dadas con ansia a la tierra, un palomar derruido y un tardío lamento. 

Veo ahora, desde esta vieja cocina, la colina llena de las trincheras de los cimientos, mostrando su otro día apacible descenso, como lo dejado por el bombardeo de un sueño infausto. Acaso sea el símbolo que me merezco por estos quince años de insensatez.

El sol perpendicular de la mañana, se me antoja que cae como una lanza justiciera sobre lo que fue la tierra de mis ancestros.

Aún no llaman a la puerta. Busco un gesto que me de la redención. Aún me resisto a aceptar que lo que busco solo me lo ha de dar esta vieja escopeta del abuelo, la que he descolgado del clavo de la pared de blancas panzas de cal.

¿Dónde está el arma idéntico que en mi mayoría de edad me regaló el abuelo? No sé dónde estará. Y sin embargo: ¡Qué ilusión me hizo cuando me la entregó!  Dónde están también todos aquellos que se pegaban en los buenos tiempos por ser invitados a cazar por aquí las perdices de los domingos. Dónde está Verónica, dónde su banco, ahora  intervenido y rescatado.

Sí, esto es lo que pensaba hace unas horas: que el cañón del arma tenía la última palabra, que sería el triunfo del abuelo sobre mi ruina y mi traición. Pero hace nada un rayo de sol ha restañado mi emoción. Ha entrado por la ventana y ha despertado los brillos de los objetos de la vieja alacena del rincón. Entre ellos las cilíndricas latas de la abuela, mudas en el estante, observando inamovibles mi confesión sobre este papel.

He recordado.

Aquella tarde con el abuelo, de la que he escrito al comienzo de estas cuartillas, al regresar de las tabernas, cuando no lograba convencerle con el tornado de mis ideas, cenamos en esta misma mesa los tres. El viejo fumaba y esperaba el parte del tiempo en las noticias de la televisión. Yo seguía con mi runrún. 

La abuela nada decía; como siempre. Recogió la mujer la mesa y tomó una de estas  latas: la  de las lentejas. Arrimó también el saquillo de arpillera de la reciente cosecha de legumbres. Cogía del saco temblorosos puñados y los volcaba  sobre el hule de la mesa. Era una de las costumbres que conocía, la que habían hecho siempre las mujeres de la casa, pues así como por las tardes cosían o bordaban, en las noches, mientras los hombres fumábamos en el escaño y acaso bebíamos brandy, ellas se entregaban en silencio a llenar esos recipientes de alubias, lentejas o garbanzos limpios. Yo había hecho también, de niño, la anodina tarea como si se tratara de la más divertida aventura.

La noche a la que me refiero, el viejo salió al portal, acaso a otear el oráculo de las estrellas para el día siguiente. La vieja movía con sus huesudos dedos las verduscas legumbres sobre la mesa. 

“Y usted, abuela, ¿qué piensa de esto mío?”, dije al tiempo anunciaban lluvias en el televisor. Ella no respondió, me miró con sus ojos chiquillos, metió su temblorosa mano en el saquillo y puso delante de mí un puñado de lentejas. Allí estaban los parduscos botoncillos, los oliváceos, las semillas lozanas y las secas, allí los trocitos de palo, allí los abrojos estrellados como minas de profundidad, y las pajillas, los trozos de las vainas, y las piedrecillas prontas a arruinar cualquier puchero. 

“Anda, hijo, desengaña a las lentejas y las limpias échalas ahí...”, me dijo la mujer, señalando esta misma lata que tengo ahora junto a mí.

Fruit of the Vine. ILustración de Norman Rockwell, 1930.
Podría seguir, pero ya es tarde: están llamando a la puerta.

Vuelvo a colgar la escopeta.

He de abrir el portón a tiempos nuevos. ¿Con qué?, me pregunto. Sé la respuesta: Con un puñado de euros limpios en la lata de la cartilla de mi Primera Comunión, y un gesto que he sabido entender.

No es mucho, es nada; es una realidad con nombre apocado, para nada sonoro ni llamativo.  


Y sin embargo, ahora que he entendido, siento que es lo más valioso que jamás he tenido. 

Fin

viernes, 28 de marzo de 2014

El desengaño. 2ª Parte.

                                               ...Viene de "El desengaño" primera parte.


Ilustración de Gerhard Glück
Bien mirado, el asunto viene de más atrás, de algunos años antes. 

Acaso, si hubiese de definir el instante preciso, éste sería en el que conocí a aquella mujer.Se trataba de Verónica, y no sólo su nombre tenía perfume, sino que toda ella era delicada, con una engañosa apariencia de fragilidad, y esquiva más que reservada.

Era francesa, de Burdeos, pero de familia de andaluces que en el siglo pasado habían emigrado. Verónica llegó a nuestra pequeña ciudad como flamante directora del “Banco Europeo de Crédito y  Desarrollo”.

Hasta el día en que entré en la central de la nueva entidad, mi vida bancaria era gris, doméstica, de subsistencia; como lo eran también por aquella época mis asuntos sexuales. 

Mis visitas a la sede del banco en el que desde siempre se habían realizado los asuntos de dinero en mi familia, tenían la misma excitación que  en el lecho los intercambios pasionales con mi novia.  Eran éstos, como aquellos,un asunto de trámites que cumplir, de recibos que satisfacer, de domiciliaciones recurrentes, de pago inevitable de las distintas cuotas vencidas, y , sobre todo, de perpetuas frustraciones de mis más osados y recónditos deseos.

No recuerdo ya si por entonces mi chica era Conchi, Chelo, o acaso Toñi. También ignoro el año preciso en que todo esto sucedía, aunque podría asegurar que era el tiempo de la llegada del nuevo siglo XXI, éste que, sin duda, iba a ser el nuestro.  

Yo odiaba los nombres escuetos de mis compañeras. Me parecían apocados, como acortada también me parecía la realidad y las miras de nuestra ciudad y región. Eran los de mis mujeres por lo general apelativos parcos, en exceso magros, prácticos para el día a día, pero escasamente jugosos para catar en los actos del amor, poco sabrosos para susurrar en las orejas de la hembra, y nada burbujeantes en la copa del éxtasis final de los cuerpos. 

Cómo comparar el descorche de un susurro postrero con los nombres de “Vanessa”, “Jennifer”,  “Verónica”..., con los de  Tina, Charo, Resu, Isa y demás. Sí, me preguntaba entonces: ¿Qué esperar de una mujer  cuando ya su nombre es desde el principio ceniza que niega la llama?

De igual manera pensaba de los bancos tradicionales  con los que estaba obligado a trabajar. A ellos acudía una y otra vez para saciar las ganas emprendedoras  de mi juventud, que como  toda juventud me venía osada, airada y sin haber salido del terruño: cosmopolita. 

Pero nula satisfacción conseguían mis ímpetus también de ellos. La entidad que más visitaba era la  centenaria “Caja Comarcal del Ahorro”,  que había sido el gran arcón de guardar de mis abuelos, y el de sus padres, allá, en la estanca sucursal del pueblo. Luego sería también esta Caja quien concediera la hipoteca del piso de la ciudad a mis padres, y, donde yo abriera mi primera libreta de ahorros por el tiempo de mi Primera Comunión.

La directora de la central urbana de esta Caja era Tere, a la que yo, siempre que podía, llamaba doña Teresa. La recuerdo de “toda la vida”, desde los primeros caramelos y consejos que me daba cuando acudía a ingresar mis aplicados ahorrillos dominicales. 

Siempre me pareció esta mujer de edad indeterminada, acaso porque siempre lucía igual, y así la había visto desde muy pequeño, o tal vez porque se quedó en un año y se dedicó a  clonarlo los treinta siguientes. 

Invariablemente con vestidos floreados, como si los confeccionara con la tela que le sobraba al hacer las cortinas, de cuerpo neumático, y con la cara inmutable y colorada de feliz comedora de coles.

Balance, Ilustración de Ceslovas Cesnakevicius,
año 2013.
A ella fue a la primera que acudí con mis ideas empresariales. Vistas desde aquí, desde el aplomo que dan los años, casi todas aquellas ideas me parecen hoy peregrinas y ni siquiera me atrevería a contarlas. Pero entonces muchas fueron las horas que Teresa me tuvo a la puerta de su despacho, sentado en un estoico sofá, con su cuero lamido por rancias esperas, gastado por la lija de las resignadas sentadas de los pedigüeños como yo.


Y la mujer me hacía siempre esperar en demasía, por ver si desesperaba y me marchaba con mis  extraños proyectos. 

Luego me recibía con el poco pero educado interés de un pariente lejano. Me sentaba y empezaba  yo a poner los papeles de mis ideas sobre su mesa. 

Ella se echaba hacia atrás,  recostaba su espalda sobre el alto respaldo del sillón, se agarraba fuerte a los brazos de su cátedra de los dones, como si se preservara de un repentino ciclón que la hubiera sorprendido en su despacho. 

Yo no paraba de hablar, de sacar estadísticas, documentos y ejemplos de lo hecho en otros lugares, y le hablaba de la centuria que llegaba, que era sin duda la mía y de nuestra generación, convicción ésta que le ofrecía como único aval.  

Pero lo que hoy recuerdo de aquellos encuentros es su mirada desdeñosa, indiferente, un tanto altiva; y la sensación que me producían sus ojos hortelanos era la misma que encuentran  los jugadores de pelota en los frontones: la seguridad de que será rebotado lo que se les  eche.

Y efectivamente, durante años, fuera lo que fuere para lo que le pedía sus millones de pesetas, invariablemente me los negaba. La mujer se sabía al dedillo el catecismo crediticio de aquellos días, lo aplicaba con  celo de beata, y nunca se salía de la doctrina –la muy pía, pensaba yo entonces- para cometer ningún pecadillo financiero. 

Así que siempre andaba yo por las tertulias de los bares despotricando por lo rancio de nuestra ciudad, por la mala fortuna de tener que vivir en tiempos tan cegatos, y, sobre todo, porque mi economía dependiera de aquella recia entidad, de aquella mujere a la que yo, en mi afición de alargar los nombres llamaba: “La madre Teresa de cicuta”.


Pero un día llegaron los euros, con ellos Verónica, y con ella  un nuevo misal crediticio recién salido de los concilios de la economía emergente, allá en los despachos del norte continental. 

Ahora a los bancos ya no les bastaba la aplicada gestión de cartillas de ahorro, ni el trasiego mensual de las pensiones de la Tercera Edad, ni el pastoreo de las subvenciones agrarias y ganaderas. Sí, ya no hacía falta para que la gente ventilara sus ahorros, demorarse trajinando con vajillas, sartenes y edredones, pues los ahorros de provincias siempre han tenido demasiado aplomo, y era necesario varearlos con esos regalos, como a la vieja lana, para  airearlos un poco. 

Al entrar en la sucursal del “Banco Europeo de Crédito y Desarrollo”, lo primero que observaba era  que no había aquellas anticuadas ventanillas, y que todo era cristal y luz y alegres proclamas estampadas en vistosos paneles. 

Daba gusto entrar en esos nuevos bancos, pues enseguida te ofrecían, sin que hubiera que pedirlos, productos financieros de todo tipo, y créditos rápidos y livianos para esto y lo otro, y sobretodo, te acercaban su gran oreja para que tú expusieras tus proyectos.

Era verdad, pensaba yo en esos días:  había llegado el siglo nuevo y era de verdad el nuestro.

Así me lo dijo Verónica en nuestro primer café, poco después de firmar el crédito que me concedió. También firmamos dos años más tarde el acta de  nuestro matrimonio civil, y poco después en las hojas del registro del nuestros dos hijos, y no hace  tanto, estampamos también la  rota y última  caligrafía de nuestra relación en los papeles del divorcio. 

Ilustración de Gerhard Glück .

viernes, 21 de febrero de 2014

La lluvia sabe tu nombre


                                                                      Cae o cayó. La lluvia es una cosa
                                                                      que sin duda sucede en el pasado.
                                                                                             Jorge Luis Borges



Ilustración de Quint Buchholz
Llueve. 

Hoy ha llovido en todas sus horas, y aquí, en Salamanca, lo ha hecho con la lágrima floja y la desconsolada tristeza de una viuda joven. 

Y bienvenida sea siempre el agua mansa , pero a mí, que tiendo a ser un culo inquieto y callejero, siempre me parecían los días de agua un fastidio. Una fatalidad eran en la infancia, pues esos días el agua nos candaba el gran patio de recreo que para los chavales son siempre las plazuelas del pueblo, los campos donde jugar al fútbol a vida o muerte, los caminos para rodar las bicis, los rincones umbríos donde robar el primer beso... 

Entonces, cuando llovía, nos obligaban los abuelos a permanecer en la casa, y era cuando las estancias parecían empequeñecer, como si encogieran de repente con el desahogo acuático de la hora. Así que las peleas no tardaban en aparecer, y la chiquillada nos volvíamos una tremenda molestia para los mayores, que no veían llegar la bendita hora en que se abriera el cielo, y con él el portón de la casa.

Un día a alguno de ellos - seguro que en algún chaparrón de su paciencia- se le ocurrió mandarnos al desván,y fue allí donde aprendí a escuchar lo que nos cuenta la lluvia.

El "sobrao", como bien se sabe, era un espacio lleno de cachivaches que hasta allí habían llevado las riadas de la vida de las generaciones anteriores. Esperaba allí también todo lo necesario para que surgieran lánguidos misterios; todo, menos la imaginación infantil que llevábamos nosotros. 

Y ya todo unido por el aguacero en los escuetos espacios de la buharda, la alquimia de la fantasía obraba sin límite,y nos daba por resucitar arcones, por subirnos a los trillos de antaño a ver si levantaban el vuelo; por probarnos las viejas chaquetas del armario torcido, por ver si ellas nos trasmitían toda la sabiduría de la vida del bisabuelo y nada de su desencanto. 

Pero los misterios también destiñen, la ilusión también se ahoga.

Yo no sé cuantas lluvias hacen falta para desencantar las cosas, pero con el tiempo también aquel espació se nos encogió. Se nos volvió aquello un lugar angosto, estanco, lleno de trastos rotos que insistían con su sonrisa desdentada por volverte a contar su manida historia.

Y como entre la gente que anda falta de magia surge pronto la guerra, enseguida hubieron de desterrarnos también a cada uno para un lado. 

Tampoco sé el instante en que un niño deja de pedir que le lean el cuento mil y una veces escuchado. 

Acaso algo de eso nos ocurriera a nosotros también: que se nos secó la invención, que dejaron de interesarnos los relatos que le sacábamos a aquel lugar de suelo de tablas chillonas, de ventanucos desajustados, de techo bajo que te daba coscorrones a la menor y encima, lleno de goteras.

Sí, quizás fuera eso, o tal vez que no pudimos evitar crecer, y que llegó un verano en que apareció aquella chica de pelo candeal,ojos de luciérnaga,vestidos blancos floreados, aquel acento y una moderna bicicleta de ciudad.

Aprendí entonces que el lugar de los besos es muy soleado, que esas cosas ,y otras, es mejor no hurtarlas, bueno... más bien no robarlas como hasta entonces lo hacía. Supe de igual manera, que todo era un entregar por igual, y que entonces te dan muchos,como en una cesta, y enredados, como las cerezas. Y que la lluvia que provoca en el cuerpo el contacto con otra piel es la que más cala y más anega, también lo conocí en aquel verano.


"La memoria de la lluvia" Fotografía propia del natural.
Reflejos en la calle De la Rúa de Salamanca, febrero de 2014.

Por ello sería que aquel otoño, poco después de que ella marchara para comenzar su colegio,yo subí solo al desván para buscar el consuelo del agua, el único que intuía sabría calmar mi angustia. Y no me parecía ya el "sobrao" lúgubre, ni tacaña la luz de la bombilla de 60, y a los trastos de acá y allá los empecé a ver como próximos, como a camaradas, como si los comprendiera, y me daban ganas de contarles mis grandes historias de tan sólo hacía unos días.

No haría falta que repitiera que el tejado estaba lleno de rotos por donde caía el agua hasta unos socorridos recipientes, pues de igual forma sucede en todos los lugares. Así que Las goteras repetían monótonas el rosario de su "clip,clop,clup..." sobre el agua recogida. Llovía fuerte, y el sonido de los goterones tenía tal ritmo e insistencia, que se me impuso unir a ellos el eco de mi soledad, y vertí yo también en las latas el líquido de mi  tristeza. 

Y entonces fue cuando oí por primera vez la voz anónima de la lluvia. Lo que comencé a escuchar fue una canción que salía de las latas y cubos que había por el suelo del desván; un coro de repente concorde que declamaba para mí en la penumbra de un recóndito desván:"A-ra-txu-clip","A-ra-txu-clap", "AraTxu-Clup! ...

"Aratxu", cantaba aquel agua amiga. Aratxu: un nombre vasco que yo tenía en mi cabeza, el de   aquella chica, a la que mi abuela siempre llamaba Araceli cuando nos daba de merendar.

En mi primera carta se lo conté; le hice un cuento con mi experiencia. Fue una de las primeras historias que hice con lo que la vida ya empezaba a dejar en los trasteros de mi pecho.

Ella me contestó enseguida. ¡Qué sobre tan bonito, qué hojas tan floreadas!... Que le había encantado que esas aguas del pueblo de la Sierra de Francia salmantina de donde marchara su padre a la emigración, cantaran "a capela" como en un orfeón. Que lo que ella oía por allá, en la angostura de su cuarto, era el sonido bravío de la gaita y del tamboril. Y que se ponía triste al recordar, también lo decían las aguas buenas de sus letras. Yo veía en aquella escritura promesa de cosechas, de igual manera como ve el campesino frutos en la llovizna crujiente de la primavera. 

El último párrafo, junto a su firma un tanto embarrada, tenía la tinta corrida, y la hoja delataba un borrón azulado. Qué extraño, me decía; que yo sepa,me repetía en cada relectura, los techos de la ciudad no tienen goteras...

No hace mucho pasé por la hermosa ciudad vasca a donde ella hubo de regresar tras sus vacaciones. Fue al salir del bar del hotel donde me alojaba cuando la vi. Habían pasado más de 30 años, ¿sería acaso ella? Podía ser, pues encajaba con la nebulosa imagen que de aquella niña me había hecho. Pero también podía tratarse  de alguna de las mujeres rubias y de ojos verdes, a las que  había estado siguiendo por  la ciudad en los días previos.

Pero no: era ella, y se acordaba. 

Por un momento volvió a ser verano.
Le hizo ilusión encontrarme, hablamos a torrentadas bajo el "chirimiri"de aquella hora, resumimos nuestras vidas en un instante, pues lo digno de cortar del tiempo pasado, aunque no lo parezca, no es más que el agua que entra en el cuenco de las dos manos juntas. La invité a tomar algo, pero imposible; había de pasar por su oficina sin falta, andaba tarde, muy tarde, y aún debía recoger a una de sus hijas en el colegio.

Va a ser verdad aquello de que cuando piensas mucho en alguien, termina por aparecer.

La vi perderse apresurada entre el río de paraguas de la acera. No me acuerdo si esperé que se volviera para sonreírme, pero no lo hizo, y ahora que lo pienso no era de esperar, pues protegía a duras penas unas carpetas bajo su gabardina y le urgían sus asuntos. 

Aquella tarde vagué empapado por las estrechas calles del barrio viejo,por bulevares que se empeñaban en parecerme angostos, por plazas oxidadas y húmedas como viejas latas de conserva, y en alguna taberna me uní a lugareños para cantar a pecho y con la voz remojada  aquello de "Horra!, Horra!, Gure Olentzero! Pipa..." la canción que ella un día me enseñara entre risas frescas. 

Enseñoreada ya la noche, me encaminaba al hotel. Seguía lloviendo sin agobios, pero sin merma. 
Llegué a una gran avenida, y en medio de un paso de cebra me quedé quieto,como alelado, embelesado por los gorgoritos del agua en los charcos. El semáforo hubo de ponerse en rojo y las bocinas empezaron a pitar. Yo sólo oía el sonido de las gotas sobre el asfalto y pensaba: "Cuéntamelo, cuéntamelo otra vez..." 

Me dedicaban voces por la derecha y por la izquierda, insultos y palabras en euskera que también habrían de serlo. 

Yo no sé lo que hace falta para que la vida nos desencante, ni cuánto tiempo se necesita para que la lluvia pierda su memoria, y su voz.

Agur, agur, neska polita.

Clip..., clap... ¡Clupppp...!

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes


Foto propia. Tarde de lluvia en la salmantina calle de "La Compañia"
20 de febrero de 2014.














martes, 31 de diciembre de 2013

Donde da la vuelta el año



Con apostillas del 11 de enero de 2014.


Me gusta que los ediles y diligentes munícipes, pongan por las plazas de las ciudades monumentos a sus ilustres ciudadanos de todo tiempo. 

An architect, 2013,del estupendo ilustrador Ceslovas Cesnakevicius .
Podeis ver su obra en facebook: 
 https://www.facebook.com/cesnakevicius.art
(No consigo poner el enlace directo a su página)

Así, por ejemplo, puedo recoger cualquier día a don Miguel de Unamuno al pie del convento de  "Las Úrsulas" , y llevarlo a pasear por la ribera del Tormes, o a callejear un poco con este humilde escribidor.

Otras veces recojo en la plaza de "Los Bandos" a doña Carmen Martín Gaite, y en ocasiones me voy de parranda literaria con el Lazarillo del Puente Romano, procurando, eso sí, despistar al Ciego, que éste se gasta muy malas pulgas, aunque enseña mucho, eso sí...


Dibujo propio del
monumento en bronce
a san Juan de la Cruz
en Segovia,
Obra de José María Moro.
En los años en que vivía en Segovia, recogía a la salida de la ciudad a Juan de Yepes. El fraile flaco salía de la santidad metálica y altiva del monumento que le hiciera mi buen amigo, el compañero de algún chato de vino, el escultor admirado y gran artista de la vida, José María Moro. Y me bajaba con el santo resucitado en mis pensamientos -prodigio común que obra cada lector- hasta la alameda del monasterio de "El Parral". Ya por allí, por el gran regazo místico del río Eresma, me contaba de sus arrebatos místicos, del mosto de la granada, de las fuentes que manan el agua pura y de otras cosas intransferibles...pero también de las cosas mundanas con las que todos hemos de bregar en este mundo






Jose María Moro,
 pintor, escultor, profesor y artista de la vida.
Madrid 1933 - Segovia, enero de 2012.
Pienso ahora, que de modo similar hubo de hablarle el bueno de Juan, allá por 1970, al cantautor Amancio Prada, cuando le susurraba en sus cavilaciones, para que el músico berciano compusiera su precioso "Canto espiritual".

Otros días, era Agapito Marazuela quien se desprendía del metal de su estatua, que también hiciera Moro, y me daba unas charlas sobre las raíces de nuestra tierra, y unos conciertos de dulzaina por los parajes de "Las Lastras" que eran una delicia.




Durante dos años viví en Oviedo, en el tiempo temprano de mi vida, aquejado de adolescencias varias y en amores encendido, como acostumbra esa edad. Así que intenté sin éxito despertar al monumento en bronce de " La Regenta". Pero doña Ana Ozores no estaba por los torpes reclamos de un mozuelo, pues, como más tarde me enteraría en las páginas que nos dejó don Leopoldo, esa mujer era más de canónigos bien horneados en los fuegos de la pasión.



Dibujo propio del monumento a
Miguel de Unamuno en Salamanca.
Noviembre de1990.

Pero el tiempo, que a todo enseña menos a sujetarle para siempre su carrera desbocada, me fue enseñando a sacar partido de los egregios "momumentados".

En una visita a Lisboa, mucho aproveché la mañana charlando en el barrio de Chiado con la sedente figura de Fernando Pessoa.  Siempre me quedará la duda de si realmente hable con él o con sus otros...o con todos ellos a la vez, por la cantidad de cafés que hube de pagar en la terraza donde me senté.

Ahora, en Salamanca, cuando voy con Unamuno charlamos de muchas cosas que el tiempo ha vuelto comunes, aunque siempre paralelas, y siempre termino por preguntarle: "Y usted, don Miguel: ¿Qué opina de estos tiempos nuestros?" .

Pero él calla, como queriendo decirme sin impartir cátedra, que cada tiempo lleva lo suyo. Y yo sigo a lo mío, que es sacar provecho, para el mío, de los pensamientos del gran hombre que me antecedió por estas rúas: 

"¿Qué les diría usted a estos políticos si estuviera en sus consejos de ministros tan "sobreaconsejados"...?". 

Y él sigue por un tiempo en silencio, para terminar siempre diciéndome:

"Mira hijo: que yo ya no me enredo en política, que ya ves la que me pasó aquella vez en el Paraninfo...".

Pero en realidad no creo que el bravo de don Miguel de Unamuno se achicara ante ninguna situación. 

Y en las suyas seguiría aquel último día del infausto año de 1936 en que murió. En las suyas, sí señor, contra los "Hunos" y los otros, y que ahora son las "nuestras", al menos de la gran mayoría. 

Miguel de Unamuno en la balconada
de la última casa que habitó en
Salamanca.
Foto de Cándido Ansede,
circa 1933.
Y cuando llegó la medianoche, allí donde da la vuelta el año, como diría otro monumental conciudadano salmantino, don Gonzálo Torrente Ballester -que también tiene su sedente y tertuliano bronce en un café de nuestra ciudad- no escuchó don Miguel el sonido de ninguna campana que saliera del "Alto soto de torres" de su Salamanca.

Y aquí nosotros ahora, convocados una Nochevieja más, embalconados como el viejo Rector, asomándonos a la calle de nuestros días, encaramados en las torres de nuestra esperanza, oteando como vigías hacia el nuevo año de promisión; emplazados, llenando las plazas con la expectación de que esta vez sí: de que esta vez las campanadas que oigamos a medianoche, como el Falstaff de su "Saquespeare", serán las buenas, las definitivas para el despegue, el anuncio de tiempos nuevos de progreso, de crecimiento y creatividad...

Sí, ahí estamos todos cada año, en la gran plaza del instante, reemplazando los monumentos que alzamos en el año que se retira, y levantando las estatuas nuevas a la ilusión y a los proyectos.

En esa hora estamos todos, mirando ávidos la gran pupila de la esfera del reloj de la Puerta del Sol de Madrid, o del que se acostumbre, por ver si esta vez el que llega nos mira risueño a nosotros y a lo nuestro.

Que sean esas las campanadas que oigas, no sólo hoy, sino cada noche, es lo que te desea este campanero escribidor...

Y que como hace el fabulador de este post, que en sus paseos quiere despertar a las estatuas, mantengas vivos el entusiasmo y la energía para llevar a cabo tus proyectos recién nacidos.

Sí, porque muchos días trae el año bajo el brazo, y en cada uno suenan las campanadas a medianoche. Pero  que no sea sólo en uno cuando repliquen en nuestros pechos noche y media rumiando augurios, velando para que no se apaguen pronto, como pavesas, los sueños...

¡ Que el 2014 te sea propicio!


martes, 24 de diciembre de 2013

Cuento gráfico de Navidad

Ilustración de Roberto Innocenti ,
del libro "Cuento de Navidad",
de Charles Dickens.
Editorial Lumen, 1990,
 libro  que conservo en mi

 biblioteca como "Oro en paño"...
No sé muy bien cuál de todos los que obran en este blog, será el encargado de hacer este año el “Cuento de Navidad”.

Lo propio es que fuera El Escribidor quien realizara el post, como acostumbra, pero en esta ocasión el protagonismo parece llevárselo “El Dibujador”, con ayuda de “El Fotografiador”, que trae las fotos del proceso de realización de la felicitación navideña que éste ha hecho para sus Amigos Virtuales , de Virtud, y para el que hasta aquí se quiera allegar.

O acaso, ya de puestos a nombrar gente, como si esto fuese un atril de entrega de premios, también participe en esta entrada, a su manera, “El Cocinador” que es quien sustenta las inquietudes artísticas de los demás con suculentos cocidos castellanos y similares guisos tradicionales.

Así mismo, también conviene citar a quien no le toca otra que entretenerse en tareas administrativas - no siempre de 8 a 3 y con pausa para el café- que requieren los envíos de las postales digitales y enlaces de este blog, que llamaré, en la línea bautismal que me traigo últimamente “El Oficinador”, que es el que se pasa las horas sentado en su gabinete, "castañueleando", o "panderetando", ya que vamos con espíritu navideño, con las teclas del ordenador. 

A este último protagonista de la historia ínfima que aquí se quiere contar, acaso haya que apodarle mejor “El Asomador”, pues es aquel que asoma la cabeza por tus dominios de la Red, llega hasta tu página,llama y saluda: “¡Hola! ¿Qué tal…?”, y ¡Hala!, hasta la cocina…

Y hablando de asomarse: me vais a perdonar un momento,  que he de asomar la cabeza por la ventana de la página oficial de  “Loterías y Apuestas del Estado”, que escribo esto el día 22, a media mañana, y a lo mejor me ha tocado “El Gordo”, y ando por aquí mareando la letra a propósito de unos garabatos mal dibujados…

Nada; aún no ha salido mi Premio Gordo, así que seguimos hasta que quiera venir…


Boceto inicial para el dibujo...

A todo esto, me estoy temiendo que se enteren en la Real Academia de la Lengua Española de Madrid, de todos estos "nombrajos" que me vengo inventando... Aunque os confieso que tampoco es exagerado el temor que me entra, pues ¿Qué me van a hacer los ilustres académicos? ¿Acaso me van a “Exdiccionar” para que no pueda entrar nunca en el Cielo de la Lengua? No lo creo, aunque a veces parezca que hagan cosas peores con sus normativas de los jueves. Además: con la pobreza que  la gloria literaria me tiene destinada, ya cuento, así que pierdo el cuidado...

Pero lo que sí me aterra más, es que manden para afear a este escribidor libertino a su "Brigada Especial de Delitos Lingüísticos", que esto ya es grave, pero como la envíen con Arturo Pérez Reverte a la cabeza, eso ya es muy serio, y hasta tremendo como le dé por soltar los tacos que se le descuidaron a don Camilo José Cela…

Y bien, estábamos en lo de escribir (o yo no sé muy bien qué) un cuento para estos días de alto contenido en levadura emocional.

El caso es que este año, en vez de escribir un relato con letras de mazapán, he optado por ilustrarlo, y dejarlo un tanto dulce, de miga presta para apretar y muy blanco, como los polvorones de Estepa.


La cosa va tomando forma...
La verdad es que tengo un par de historias con bastante buena madera para tallar en ellas un cuento pascual decente, aunque, y sobra que lo diga, ni comparación con la más famosa de todas, la que hiciera Charles Dickens, ni las que nos regaló O´Henry, ni las que vemos en tantas películas, ni siquiera con la estupenda que nos cuenta Paul Auster en su libro y película “Smoke”. En fin, tal vez un día de estos cuente alguna por aquí, aunque advierto que yo no tengo la culpa de haber nacido después de tan buenos maestros. 

Así que empiezo, y esto fue que un día, faltando poco para la Navidad, paseaba yo en mi faceta de “Pensante”, pues si digo “Pensador”, podría parecer que hacía algo transcendental e importante. Ese día, como siempre antes de salir de casa, el dibujador que hay en mí me ha metido en mi chaqueta una libreta, “¡Por si eso...!, me dice no queriendo decir como los viejos compañeros. En el otro bolsillo grande, el Fotografiador ha puesto su cámara, que a lo mejor el día viene hoy caprichoso y trae  el antojo de retratarse, me advierte guiñándome un ojo y poniendo pose interesante, el muy creído.¡Pues ni que fuese Robert Capa!... 

En el bolsillo del pantalón, noto  que el Cocinador me ha puesto el papelito doblado con la lista de la compra. Y que no se me olvide la harina que a la noche hay rebozo, me ha recalcado en letras rojas, y que qué patatas le traje el otro día, ¡Por Dios!, si es que me engañan como a un crío, es lo que pienso al ver el escrito, pues es lo que me lleva diciendo desde hace una semana. y todavía, antes de salir, el del oficináculo me viene con cuarto y mitad de lo que necesita para que se lo traiga, y que si tinta para la impresora, y que si recargue la tarjeta de internet.


Todo preparado para empezar, 4 de diciembre,
Santa Bárbara, mi cumple...
Y paseaba luego, decía, observando cómo noviembre les estaba quitando la sonrisa a los árboles, cómo los chopos del Tormes que paseara Unamuno, los que hacía nada se reían con carcajadas anaranjadas, no mostraban ahora más que una mueca desdentada. El otoño tardío dejaba a las cosas del mundo en un desaliñado boceto, cuando en esto, a mí se me ocurrió un dibujo primaveral que atrapé en mi libreta.

Fue el germen de la postal navideña para este año. Y es que desde hace mucho me ha gustado dibujar mis propias tarjetas para amigos y familiares. Para ello escojo siempre el motivo, selecciono el papel adecuado, los mejores sobres de suaves color pastel, y recorría la ciudad dando la tabarra a los estanqueros para conseguir el sello más inspirado y colorido para los envíos, y esperaba en el frío la apertura de las multicopistas para que que con el novedoso invento de las fotocopias en color me las imprimieran. 

Esto era, claro, en los tiempos analógicos, pero luego el teléfono, otros inventos tecnológicos incluido el Fax,  me fueron destiñendo la costumbre de felicitar con tarjetas.

Son tiempos aquellos de mis analogías, que se niegan a marcharse de mis hábitos, se me aferran a veces que no veas, y es que les noto que cada día se ponen más pegamento y se van tornando cada vez de un tono más sepia. 

Me parece, por sacar alguna muestra, que entonces  los anuncios televisivos tenían, además del interés comercial, otro calámbrico, y cuando llegaban por estas fechas en las que estamos, a los rudimentarios aparatos de las casas, era como si regersara un familiar lejano y querido, o las chicas guapas de la ciudad al pueblo en las vacaciones, o el novio  con su acartonado uniforme de permiso , de la "Mili".

Recuerdo, a todo esto, que la Nochebuena de 1987 me pilló a mí haciendo el servicio Militar. Era el cocinero de la Residencia de Oficiales, y si quería librar el Fin de Año para volver a celebrarlo sin freno con la pandilla en el pueblo, me tocaba pasar aquel trago en un remoto lugar burgalés, muy cerca de Atapuerca. El capitán de guardia cenaba con otros oficiales en su sala, y por la puerta, y a través de un largo pasillo por donde iban y venían los camareros, nos llegaba hasta la cocina los fogonazos auditivos del televisor que los militares veían en un silencio de distinta gravedad según su rango. Mis ayudantes cocineros, los camareros ociosos que ya habían servido la cena, unos cuantos soldados de remplazo que, por ser de nuestros distintos pueblos acogíamos saltándonos las reglas en lugar tan calentito y bien provisto, ocupábamos la gran mesa central de la cocina y algunas otras laterales. Jugábamos en grupos a las cartas, puliéndonos nuestra paga mensual de 700 pesetas al julepe y al poker. Bebíamos pacharán  escamoteado del almacén del bar, fumábamos como reos de día terminal, y despistábamos con nuestras sonoras chanzas lo que nos parecía la sensiblería de la noche.


Haciendo la "Mili",
Base de Castrillo del Val, Burgos, 1987.
Y lo estábamos haciendo bien, hasta que por el pasillo sentimos que se acercaban como tropel de chiquillos pidiendo el aguinaldo, las notas y la voz de la canción de un conocido anuncio de turrón. Estaríamos en la cocina cerca de quince recios mozos, y todos nos callamos de sopetón, como si entrara en la cocina un general, y entonces todos pudimos oír el estruendo de loza rota que cada uno sentíamos en nuestro interior, como si hubieran salido de sus simas ancestrales  todos los "Homos Antecessores" que hay en cada uno de nosotros, y nos estuvieran pateando las entrañas.

Y es que hay cosas que, como al enorme toro de Osborne que no se cansa de pastar asfalto por nuestras carreteras, deberían declararlas “Patrimonio Emocional” de una generación. 

Lo mismo he sabido que le sucedía a muchos, al escuchar los primeros compases del Vals compuesto por Maurice Jarre para el filme “Doctor Zhivago” y la posterior aparición de “El Calvo” de la Lotería. Cuánto nos hemos acordado estos años del actor británico que encarnaba la magia de la suerte, pero sobre todo en éste que se nos va, de cuyo anuncio no diré nada, no siendo que a la Brigada Lingüística de más arriba, se le ocurra unirse al cantante Rafael y le dé por mostrarme su arte.


Pero estaba en que se me ocurrió paseando la idea para la felicitación de este año. 
El motivo general fue un gran libro, un hermoso tocho cuyo interior se vacía para edificar la conocida y bella Plaza Mayor de mi ciudad, Salamanca. El por qué de la idea, no lo sé, pero me encandiló enseguida. Acaso me vino porque un libro es como las buenas plazas: un estupendo lugar para pasear pensamientos, para ver y dejarse ver, para mostrar tu mercancía y ver qué se cuenta el vecino. Los libros, como las plazas, son lugares frecuentados por las palomas en busca de pacífica migada, aunque alguna vez también se cuelan los cuervos de mal agüero...

Así que ya tenía el motivo central, y por lo demás, cuando se quiere hacer algo navideño, uno queda sujeto a la iconografía tradicional. Por estas latitudes hemos de poner nieve, alguna ramita de acebo, un vociferante Santa Claus, la estrella de Belén y tres magos en ruta tras su estela. 


Y empecé a dibujar.

Y a por la nieve me fui, en cuanto como liviano Churriguera hube bocetado la Plaza mayor charra, una de las "ágoras" más celebradas del mundo... 

Antiguamente cada ciudad tenía su pozo de las nieves, que era un lugar profundo y de permanente umbría donde se custodiaba este elemento, para utilizar las virtudes de su frío durante buena parte del año. Y el pozo de las nieves de la memoria es la niñez, así que al lugar en que nací y en que los primeros años pasaron por mí, me fui a buscarla. 

Es la Sierra de Francia salmantima la que quiero representar a la derecha de mi dibujo. Es la Peña de Francia la que sobresale señera, cubierta de nieve fresca y nutricia como la buena memoria que todo  conserva. Es La Alberca, el lugar donde nací, el que hace guardia a sus pies, es también Babeca, el lugar no menos cierto donde vuelvo a nacer en cada uno de mis relatos. 

Más apartado de su pie, pero sin rechazar la sombra de la Peña, represento el mágico paraje de  "La Cabezuela", con su cruz de sufrido granito y su olmo. Es en la realidad un magnifico mirador serrano desde el que tantas veces oteé las luces de buque en la noche de Béjar, Miranda del Castañar, Garcibuey, Villanueva del Conde...y de otros que sin verlos, como San Martín, El Soto, Mogarraz, La Hergüijuela...los tenía presentes.



Muchas fueros las noches que, tumbado en la hierba de esta colina, intenté aprender la cháchara que se cuentan las estrellas. Por allí estaban también mis amigos, como Chema y Manolito "El Taxista", que este año han fallecido. El olmo ya no está. Hace tiempo sobrevivió a duras penas a la enfermedad de la "Grafiosis" y creo que últimamente no pudo hacerlo con el correazo de un rayo. Pero yo conocí el tiempo lozano de su ramaje, a donde me subía, como un vigía,  para ver mejor  si distinguía en la oscuridad del océano serrano las brillantes luces de la nave que llegaba para embarcar mis sueños. 

La Cabezuela está un poco apartada de la villa de Sequeros, lugar serrano donde desenvolví parte de mi niñez, mi adolescencia y juventud primera. El paraje y el caserío se comunican con un bonito camino, por el que en mi dibujo se acercan  los "Reyes Magos". Sabía que tenía que incluirlos, pero tampoco sé por qué los puse precisamente ahí. 

Es ahora cuando con pose de psicoanalista argentino, o de personaje de Woody Allen, se me ocurre que el lugar es correcto y el lógico para ellos,pues aquellos, nuestros más tiernos años son, con mucho, los senderos mejores para conducir las ilusiones.

Pero entremedias de los tiempos albercanos y sequereños, pasé cinco años en Salamanca, en una institución cercana al río Tormes, bastante más allá de lo que se decía antaño de "extramuros" de la ciudad, y de la normalidad, pues se trataba de un orfanato. 

Así que dibujo el  río de Helmántica, siempre distinto como todo cauce, pero el mismo que conocieron los romanos, y en vez del longevo puente de piedra que levantaron, represento el monocentenario de hierro gris azulado llamado de "Enrique Esteban", en honor del concejal que en 1913 -ha hecho 100 años- promovió su construción, y de paso, salvó al Puente Romano del estropicio urbanístico que planificaban para él.

Fueron tiempos duros aquellos en los que me trajeron con tres años a consecuencia de la temprana muerte de mi padre. Acaso por ello el río esta congelado, su curso interrumpido, la vida que en él había aterida.

Pero tengo buenos recuerdos de la extinta "Residencia Provincial de Niños de San José" donde estuve 5 años con un montón de compañeros de juegos y fechorías. Y con monjas de La Caridad, que como todo en la vida, las había de diversos pelajes, en  carácter y comportamientos, pero a las cuales les tomé cariño, y les tengo agradecimiento. Ellas nos llevaban en los veranos a bañarnos a este río, y para que hiciéramos las cabañas que todo niño construye como esforzado Robinson en las islas de su imaginación, por los parajes fluviales de  "La Flecha".

Con una de aquellas monjas, de 85 años, entablé amistad hace dos años. Fui al colegio donde habitaba, pues "La Resi" hace tiempo que fue derruida para dar paso a los nuevos tiempos. Me contó cosas, me dio fotografías, y un día de abril de este año me llamó para que fuese a verla, que quería darme algo. Dejé pasar los días, y uno de mayo hice intención de visitarla. Pero no me fue posible. Al llamar para anunciar mi visita, me comunicaron que el día anterior le había dado a sor Isabel un derrame cerebral. Fui a visitarla en al hospital, donde la mujer estaba poco menos que como un vegetal, pero se las arregló para hacernos saber con los ojos que me reconocía, cuando las otras hermanas se lo preguntaban.

Pasaron tres meses y sor Isabel parecía querer recuperarse. Mejoraba a duras penas en una casa de reposo que su congregación tiene en Alba de Tormes. Así que a verla me fui a finales de este verano en bicicleta. Hablaba a duras penas, "conocía", como suele decir, pero días antes se había caído al intentar andar y tenía sus huesos quebrados. Esta vez sólo me dio cinco o seis palabras que pedaleé sin tregua en la ruta de regreso, como intentando alargar  el recorrido de su escueto mensaje.

Uno no sabe mucho, pero esa vez supe que iba a ser nuestro último encuentro. Falleció la monja amiga  quince días después.

No he sabido qué era lo que me quería dar, no he averiguado para qué era que me había llamado. Pero es igual, pues siento que ella me ha dado mucho. En uno de nuestros primeros encuentros me había dado una medalla creada por su Orden: "La Virgen de la  Milagrosa", y un milagro sería lo que ese trozo de metal acaso hizo por mí en un cercano percance que me aconteció...

Y yo ahora, con vuestro permiso, le dedico este cuentecillo de Navidad, le entrego estas 2500 palabras que lo forman, y la hago patinar , aunque no la veáis, con su hábito azul marino, por el hielo acaramelado de mi dibujo, repitiéndome entre risas pudorosas las últimas palabras que ella me dio.

Y prosigo, que ya me estaba a mí pareciendo raro que no saliera por aquí el "Bicicleteador" de este blog.

Por ello, porque después de todo la infancia siempre la recordamos feliz, hay gentes jugando, patinando, y divirtiéndose como si nada. Por ello también, e inspirándome en un momento congelado en una conocida fotografía salmantina de 1943, hay cuatro hombres en mangas de camisa, echándole una partida de naipes a las privaciones , recortes y  calamidades de la crísis invernal...

No sé cuanta gente quedará leyendo todavía  por aquí abajo, a estas altura del texto y con la que estoy soltando, pero ánimo, que ya queda poco.

Yo mismo, al leer esto que he escrito, llego a pensar que todo lo que aparece en el dibujo obedece a un diseño premeditado desde el inicio. Y no, todo lo contrario. Es aquello que dicen que "El Arte sucede". Y es verdad, pues salvo el motivo central del libro, lo demás me ha ido apareciendo e imponiéndome su sitio, como una pandilla de actores borrachos que pasaran del director de escena. 

Por lo demás, la estrella de Belén trasmutada en un signo de Facebook es un guiño a este mundo digital en el que nos movemos tan fugaces y evanescentes de "me Gustas", "Ya no me Gustas", y donde los fenómenos son tan duraderos como un meteorito.

Pero es lo que anuncian los cielos de estos tiempos.

Y de Santa Claus , qué decir, cualquiera le dice que no se meta en el dibujo, con la recua de renos astados que lleva. Además, el viejete, aunque no sea muy hispano, cae simpático allá por donde va, como un actor de moda.


La tradición nórdica del árbol iluminado me gusta, y me parece muy risueño eso de ponerle luces a las ramas, regalos y hacerle mimitos brillantes a lo vegetal para que no se deje vencer por la sempiterna recesión estacional  y vuelva a tirar para arriba, que es lo que siempre quiere la Vida.

Y el acebo del primer plano central, no es que sea una cursilada, es que me acuerdo de las "Saturnalias", en que era símbolo de amistad, buenos deseos, y se pasaban los vecinos sus ramitas. Así que ahí lo dejo para el que quiera coger una.


Pero todo esto que llevo contado, acaso sea inútil, pues si lo pienso bien ninguno de los que presupongo al principio es el realizador final de esta felicitación navideña. Ni siquiera yo, que ya quiero concluir este post, sino tú, quien ve la imagen, el lector digital,  el que sacará la interpretación de lo que le muestra según su particularidad, antojo, o sensibilidad, por mucho que le digan esto  o lo otro. 


Todo va a ser que a los escribidores, dibujadores... los "Hacedores", como dijo Jorge Luis Borges, les ocurre que andan todo el año en la Navidad, pues buscan encontrar con su modesto arte en cada palabra, en cada trazo de un dibujo, en cada nota musical,en cada ingrediente en  los fogones, en el rutinario trabajo bien hecho, en un viaje en bicicleta para ver a una amiga... el alumbramiento de una verdad, la inefable epifanía que tiene para contar cada instante, cada persona, cada cosa...

Y buscar eso cada día, es el verdadero espíritu de la Navidad...

¡Con mis mejores deseos para cada uno de vosotros! ...


Vídeo-secuencia del proceso del dibujo...

Postdata:
El último de los reyes que viene  por el camino, es Madiba. No se le reconoce porque viene lejos, pero es el Mago Mandela, al que le he pedido este año que me dé algo de su sabiduría política y bondad humana...