jueves, 28 de noviembre de 2013

Al otro lado del texto

Cada vez que la boca se me tuerce y se me
posa un noviembre húmedo y lluvioso...
Comienzo de “Moby-Dick”
Herman Melville

 
"Una mañana de noviembre".
Ilustración de Quint Buchholz.
Mañana, 29 de noviembre de 2013, es el día que han declarado como el día de la Librerías.
Esto para mí es una alegría, y, como toda alegría merecida, agridulce, por lo que ha costado merecerla; que no ha caído de cielo, vamos,  y en todo caso una cosa que me da qué pensar y qué escribir.
Resulta que este día será para mí uno de mis 5405 días de librería. No es que haya vivido tanto, aclaro  como si hiciese falta, no, pues el dios que se ocupa de esas cosas conoce torturas, pero aún no ha intentado la de que alguien sufra el despropósito de vivir tanto. 
Y tampoco es que haya negociado un pacto con el diablo (o con algún político influyente) para  estar por mil países de festejos libreros institucionales, que eso, aunque al principio sea estupendo, como el tener una plegaria atendida, luego ha de convertirse en otro tipo de maléfica tortura.
Nada de esas dos cosas; simplemente me refiero a eso que figura en lo que llaman "Vida Laboral", a la cantidad de días que hice, como pude, labores de librero, en esos obradores de cultura que eran - y siguen siendo, aunque menos- las librerías.
Por cierto, que no sé por qué llaman a la lista  donde computan con lo que te has ganado los garbanzos "Vida Laboral", pues todo el mundo sabe que cuando la miras,  la miras porque la necesitas, y cuando la necesitas es que estás leyendo, todavía con cara incrédula, tu esquela de currante.  
Fueron años, los míos de librero, edificantes, en entrañables establecimientos, a los cuales mañana se les rendirá onomástica de corrido, en el calendario.
Siempre fueron las librerías uno de mis lugares preferidos, a donde me llevaban, sin que opusiera mucho esfuerzo, mis descalzadas tardes de estudiante. En una de ellas entraba, aquí en Salamanca,  y ahí hallaba concilio mi adolescencia tan dolida, allí recibía comunión mi rebeldía de vida, al menos por unas horas, con la hostia ahuesada de las hojas de los libros. Allí conocí la primavera de las letras, en unos  tiempos en que la existencia, cómo la de todo joven, estaba tan desarbolada de certezas. 
Era una importante y longeva librería de la que escribo, y allí había un viejo dependiente, en los sótanos del local, que condescendía. Condescendía con mi monedero y con el revuelo de páginas que le hacía a los volúmenes de los estantes. Y se estaba calentito en aquel lugar, y los sorbos de lectura que daba a tantos libros, me iban calmando las ganas del saber;  a duras penas, como poco sacian también  el hambre, los caldos de la  beneficencia.

 Ilustración de Quint Buchholz.
Entraban en aquella librería, los clientes pudientes con su horas remansadas, y los profesores en busca de herramientas que movieran su cátedra, o se elevara. Entraban los bien orlados y miraban las estanterías con cara de suficiencia, y los estudiantes, que aún trajinabas su orla, se llevaban los libros como quien se lleva un azadón para su huerta. 
El viejo dependiente era de pueblo, y sin más diploma que los años en el establecimiento. Les hablaba a cada uno de los textos que le demandaban como si los conociera, como se solía decir, desde antes de que marcharan a la mili. 
Se sabía el linaje de cada título: si eran de buena pluma, de edición nombrada, de casa reputada, si habían llegado trajeados en tapa dura de tela, o con los informales vaqueros de la encuadernación en rústica; de su venturoso o desventurado pase por sus estantes, y de si estaban agotados, o de pedirlos vendrían, aunque de manera lenta y pesarosa como avance de recua de mulas.
Era entonces mil novecientos ochenta y tantos, y nadie conjeturaba siquiera con trastos portátiles, ni que a los libros les iba a dar con el tiempo, por batir sus alas, hacerse aéreos, echarse como gorriones al aire, y abandonar los nidales de los clásicos estantes. 
Era todavía el papel como un ancho ágora, era la celulosa olorosa como rosaleda de letras, era la letra de molde hiriendo la hoja como manos de amante lascivo la piel de la amante entregada. Era el polvo bailando en la lanza de luz que entraba por las ventanas de las bibliotecas municipales. Era la hojarasca sonora del silencio de la lectura, y del claro susurro de los párrafos entre las manos…Eran, en fin, horas de leerse la vida en la noche, en un cuarto de alquiler, bajo la luz de una bombilla de 60 w. sintiendo la fiebre fresca de un resucitado.
Para continuar la lectura iniciada en esa solitaria habitación, desestimé muchas noche el alterne estudiantil. Bueno: para eso, para algo que no voy a contar, y para pillar a tiempo la música de Pink Floid en el inicio del programa de radio "El loco de la colina", del estupendo Jesús Quintero. 
Hablo de tiempos en los que adquirí “Cien años de soledad” de García Márquez en la feria del Libro de la Plaza Mayor, o “El nombre de la rosa” de Eco, “Esperando a Godot” de Samuel Beckett, “Memorias de Adriano” de Yourcenar, "La insoportable levedad del ser" de Kundera… Obras éstas que estoy aguardando a que se me olviden, para tener el placer de volverlas a descubrir, o acaso porque tengo la inconfesable esperanza que me lleven de regreso a mi juventud.
 Supe un día que los parques eran buen lugar también para leer, y para ver pasar por allí a damas con perritos, como salidas de un cuento de Chéjov. O cándidas estudiantes, que aún recuerdo con la boina francesa, como escapadas de un poema de Neruda.
 Y también comprobé que en los cafés, poner una descompostura lectora dejaba buena instantánea, y era buen inicio para pelear mujeres.  Así que me puse polo negro de cuello alto, y harta chaqueta gris de pata de gallo que había sido de mi padre, y esperé se cumplieran los conjuros leídos en tantos textos, y vistos en tantas películas. Y, sí, alguna vez acertó el cliché, y mi libro sirvió en ocasiones para hacer de almohada y desayuno a  trémulas lectoras de la carne.

De librero,
Feria del Libro, en la PLaza Mayor
de Salamanca. Mayo de 2004.
Luego vine a ser librero, y ni yo, ni ningún conjuro lo hubiera podido fiar años antes.
Aquello sucedió en los mejores párrafos del cuento de mi juventud. Entré a trabajar en un establecimiento donde el rótulo de "Librería" andaba a empujones encima de la puerta con los otros. Enseguida supe que estaba en una "Papelería", en una "Imprenta", una "Encuadernación", y ya, como condescendencia a pariente pobre, también  en una "Librería".
Así lo habían querido los noventa años de la institución. Así, también, lo habían requerido los recientes y pasados tiempos históricos de permanente hoja en blanco, en los que nadie se atrevía a signar su signo, y menos en un libro público.
El negocio -me dijo su gerente y propietario, (que era un veterano militar), había estado durante la larga posguerra de la contienda incivil, en conseguir el papel. 
Me contó de los innumerables, largos, y nocturnos viajes ferroviarios, para acercarse a las papeleras del norte, las de Tolosa, y las de Cataluña, y conseguir así algo de papel por estas mesetas de Dios, y nuestras.
Escaseaba todo menos el miedo, y faltaba  la materia prima para imprimir los formularios municipales, las cartilla, los carnets, u otros papelajos necesarios en aquella vida tan reglada.
Conseguir unas resmas de papel para partirlas, pautar las hojas con una o dos rayas, y encuadernado para venderlo en cuadernos, era una odisea. Gracias a su estatus y a la repleta billetera de piel, mi jefe ajustaba algunos envíos que se hacían de rogar para que llegaran, y cuando llegaba, bautizaban con los tipos de molde de plomo o de madera de boj si eran carteles, lo recibido, esos pliegos de cáñamo y vaya usted a saber qué más, que intentaban parecerse al buen papel de otros tiempos.
Y lo de leer, pues, sí, me decía el viejo coronel, se leía, pero los textos devocionales que venían de las imprentas de los frailes y, por ahí, no se podía meter mano. Un día, ya al final de aquella librería, recuerdo que convinimos con unos vinos de por medio, que todo era asunto de fe, y que habiendo fe, que llega de arriba: para qué necesitaba nadie transcripción escrita de los hombres. Luego se soltó, y me dijo que había sido, precisamente, la duda, la disidencia soterrada de las nuevas generaciones, y sobre todo la prohibición, la que había hecho que se  compraran libros, esos objetos que en su negocio habían sido los convidados de piedra. 
La “Historia de la Guerra Civil española” de Paul Preston -me confesó- había sido de los más vendidos. Libro éste que consiguió casi de estraperlo, y albergó bajo el mostrador, y que sólo se daba a amigos, o a quien se mostraba por encima de sospecha de delación. De varios títulos de los que tuvo, me habló de “secuestro”, que eran esas expediciones que hacían- siempre fuera de la hora del pincho funcionarial- hombres visitadores de librerías, y que requisaban los libros proscritos por el régimen. 
Y que se supiera ya era lo mismo, pero fueron muchos, casi todos editados en Argentina o México,  los vendidos de esa manera. Pues aunque él fuera militar, el negocio necesita que se le baile su comparsa...
 No me lo dijo aquella vez, pero yo se lo noté, que los años de oficio, le habían puesto en la pechera, sin pretenderlo, la medalla del orgullo: la de ser considerado, después de todo, el gran librero, el gran sembrador  de esperanza de la ciudad.
Estábamos entonces en los postres del siglo XX, y había hambre todavía por los dulces de los libros. Las librerías se llenaban como las confiterías y todos degustaban lo dulce de las confidencias oscuras de las letras. Buen negocio era entonces, buen mercado el atender la carencia de decenios del sabroso libro de buen y terso papel. Hambre natural tenía el estudiante, hambre también el obrero acaso para dejar de serlo, hambre de gloria más dorada el catedrático… y con tanto apetito, había febril traqueteo de baile en las alemanas máquinas de Offset de las imprentas.
Año 2001, en la extinta imprenta segoviana "Viuda de Mauro Lozano",
junto a mis compañeros cajeros, tipistas y encuadernadores del taller.
En los buenos tiempos, llegaron a ser 40 trabajadores.
Pero nadie le dijo a las librerías que un paquidermo nuevo las devastaría. Fue la fotocopiadora, con su hambre voraz de zampar hojas libradas. Nadie les advirtió tampoco que al monstruo aquel le habrían de salir alas, y que ya sus palomares no serían los únicos lugares de incubación del sueño de la letra.
Hace algo más de un año escribí lo que sigue, y que envié a un periódico local; ellos lo publicaron:
 Réquiem por las librerías
Si los resucitados de otros tiempos se pasearan por nuestras calles, poco reconocerían. Sucede que a las ciudades les gusta remudarse; ocurre que la Salamanca de una generación, aun siendo la misma, es distinta de la que conoce la siguiente. Uno se sabe mayor cuando siente la falta - como dientes caídos - de los lugares en los que se aprovisionó de sus vivencias. Así un día dice: ahí estaba la librería Calón, Núñez, Plaza, Portonaris, o Aniceto.  Los ojos jóvenes dejarán de golosear el escaparate de los chuches para mostrarle indiferencia, y él se sentirá un poco extranjero. Y es que estos tiempos son más de  endulzar las horas con las golosinas que con el agror de las letras. Y qué le vamos a hacer: también los antiguos supieron de muchas librerías en la calle Libreros. Descansen en paz. Gira de nuevo la tramoya, cambian una vez más el escenario; hemos de seguir narrando en el  libro de la ciudad el drama o la comedia de nuestras vidas.
La Gaceta Regional de Salamanca,
11 de marzo de 2011.

Así también me quiero ir hoy: sin escabullirme por el foro, pero con un giro de tramoya.
Será un nuevo día de las librerías; por ello empezó este post.
¿Qué será de ellas ahora que nadie prohíbe nada, ahora que no hay que peregrinar los sueños, sino que te llegan a tu sillón de orejas enlatados, a una sola tecla del embotamiento?
Es su día, es el mojón puesto en el año para recordar esos lugares, esos sitios, esas pilas bautismales, esas despensas de creatividad, esos enclaves de encuentro, esas trastiendas de revolución, esas cuevas del tesoro de la imaginación…
He de irme ya, que siento este noviembre más húmedo que de costumbre. Tal vez no haya zarpado aún el navío de Melville, y el capitán Ahab me quiera dar oficio de grumete en su navío.
He ido tecleando  cada letra de esta entrada a lo largo de una mañana muy fría. Me voy tranquilo porque siguen existiendo los imprescindibles protagonistas de siempre: alguien que escribe, y alguien como tú, que lo está leyendo al otro lado del texto, sea el que sea su soporte.
Para ti este  escrito registrado con etéreas letras digitales, limpio, sin manchones de tinta, sin el olor de las hojas que recordaba a los besos de pasión, sin el tacto amigable del papel, sin la cola que encuaderne estas páginas de aire, aunque, espero, no sin el sabor del extraño maridaje culinario del futuro y de la nostalgia.

Ilustración de Quint Buchholz.


Sí, ahora lo he sabido sin asomo de duda, ha sido  al ver tu sonrisa: la magia de la lectura continúa.
                                                                 









Nota: Sois much@s los que me habéis comentado la imposibilidad de dejar vuestros comentarios, o lo habéis hecho a través de Google+, a donde apenas voy, pero que iré más...
A dos días de haberlo escrito, o reescrito, más bien, es uno de los posts que más han gustado, así que muchas gracias a cada uno de los lectores, y a l@s que me habéis hecho llegar vuestra opinión.
He cambiado el formato del blog, y ahora, en éste, más tradicional, sí, podéis dejar vuestros comentarios...

2ª Nota: Hace un año hice un post, con el mismo motivo: "El día de las librerías", que titulé: "Un noviembre húmedo". Pero ha pasado un año, y lo  leyeron numerosas personas, y me dieron su opinión, y de algún modo, he cambiado el tinte nostálgico que tenía aquella entrada. Esta es la riqueza de un blog: el intercambio. A la hora de querer reeditar el viejo texto, eran tantos los cambios que he optado por hacerlo casi nuevo. Hoy creo que el futuro de la lectura es más esperanzador que nunca, y con las nuevas tecnologías arriban nuevos lectores, y nuevas maneras de escribir y de leer. Aunque esto, como otras tantas cosas, sólo el tiempo nos lo certificará.
Hasta la proxima, Amig@s  lectores.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Lo que hay, por lo que falta...

Cuando falta la fantasía,
hasta la verdad se inventa.
Antonio Machado


Fotografía de Albert Camus,
por Loomis Dean.
Llevo tiempo pensando en una frase que escucho a menudo.

¡A qué cosas tan disipadas se dedican estos soñadores y escribidores a tiempo parcial!, pensará el malpensado y pagado de sí que por acá se acerque sin quererse acercar.

Pues verá usted – comenzaría a  responderle yo de manera pausada-, esto es mi blog, y aquí pasan estas cosas, vamos: las que yo quiero y creo que quieren mis lectores- continuaría, cogiendo ya un poco de carrerilla-.

Es que no ha leído usted arriba el subtítulo: “Creación y opinión literaria en marcha”, -seguiría diciendo al ritmo de un encierro taurino-, así que si no le gusta  (aquí ya la cornada): ¡Ea! Ahí tiene la puerta, perdón, digo la tecla “Escape”, “Salir” o la que usted quiera, que esto es lo que hay…

Lo veis...Habéis visto lo socorrida que es la frase “Esto es lo que hay”.

Pues ésta, la que se dice  en todas partes y ante cualquier cuestión, es la que llevo escuchando a la menor en los últimos años. Cinco palabras envestidas de tremenda potestad que zanja cualquier tema, y en las que este soñador de caminos nuevos, piensa al hacer la entrada de hoy.

Fue la semana pasada la última vez que me las dijeron. Llegué a una oficina bancaria para hacer una humilde gestión de recibos. Una empleada atendía en el mostrador a un único cliente, así que me puse tras él y esperé a que acabara. La cosa se alargó, y detrás de mí empezó a fraguar una cola. Cuando quedó libre el mostrador me acerqué, y la señorita me pidió la papeleta de mi número. ¿El número…?,dije sin saber qué se me decía, “El número” me decían y redecían los de la cola. “El número que hay que sacar ahí”, me dijo una elegante corbata que se valía, para hacerse notar, de un  trajeado hombre que debía ser un empleado de la entidad internacional.

Llevo aquí quince minutos, y cuando llegué no había nadie, y yo no sé nada de números. Entonces la empleada me señaló un cartel pegado en la pared; en aquella pared llena de carteles pegados, que vamos, aquello parecía una calle de Río de Janeiro en su carnaval. Así lo dije, y añadí que yo no me fijaba en la publicidad y el hombre secuestrado por su corbata, el repeinado del traje, me miró de arriba abajo, como no queriéndome mirar, y pesaroso por tener que mirar a uno de aquellos con los nimios recibos en la mano, uno de esos a quien no va dirigida su exquisita cartelería de publicidad financiera.

Dije que era de sentido común que pasara yo, aun sin papelito, vamos, que era de sentido común (aquí omití lo de que el problema es que ése sentido, es el menos común de los sentidos), y la empleada me dijo la frase a la que me vengo refiriendo, y se acabó.

Y qué nos quieres decir con este sucedido, pensará otra vez el pragmático malpensante del principio, que puede que no se haya ido y ande por aquí a ver qué pasa.

Vale: que se quede. Pero que no me reviente el post.

Y a lo que quiero llegar, no es a lo que hay, que de sobra lo sabemos los españoles de a pie en estos tiempos revueltos, que están resultando de mucha ganancia para los pescadores de  siempre. Y un poco a lo que falta, que, ay, aquí iba a estar yo si supiera todo de lo que adolecemos…

Son tiempos de recortes en este país, de tajazados bestiales dados sin compasión (porque esto es lo que hay), en tantas áreas vitales para el común de los vivientes, que pronto andaremos todos medio tullidos, como en un videoclips de zombis.

Hay leyes imperiosas, determinantes,  que se nos imponen, como la Gravedad, que dicta que todo caerá al suelo por su propio peso.
 Hay efectos de la intemperie que condicionan: el viento, la lluvia, el sol, los seres vivos, que pujan por derruir cualquier obra que queremos construir.
Pero también hay fuerzas intangibles como la imaginación, el pensamiento, la fantasía...
 y éstas se adquieren con la Educación, y se
forjan con la Cutura.

Son tiempos de joderse, como nos dijera aquella maja diputada ( y que lo sigue siendo porque esto es lo que hay), de familia tan Fabril del este de España, la de tantos votos de Fabrícios agradecidos, y cuyo patriarca Fabricó un bonito aeropuerto en Castellón donde no aterrizaban ni los aviones de Playmobil.

Son tiempos de volver a la literatura, a los argumentos realistas, y dejar los de ficción. Y esto no porque el Ministerio de Cultura haya hecho certeras campañas de incitación a la lectura, no, ni haya puesto fin a la anemia de las bibliotecas, los cines, los teatros, los museos...No, tampoco por esto. 

Sino porque estamos casi todos en los primeros párrafos del inicio del libro de libros en español: “ Don Quijote de la Mancha”. Sí, en casi todas las casas tenemos, como dijera don Miguel: Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos…”.

Ay, señor Cervantes, podríamos decir, qué ligero, qué suave nos lo fía usted; que duelos, duelos son todos los días, y quebrantos cada fin de mes, y lo del palomino de añadidura… mejor vamos a dejarlo.

Y esto, y otras cosas que conviene olvidar,  son lo que hay.

Uno de los recortes más sangrantes que este gobierno está haciendo es con la Educación, y con la Cultura en general. 

Y ya es tiempo en esta entrada de que me acuerde de un hombre sencillo, un literato artesano, un pensador honesto, un rebelde entrañable que se saltó lo que había en su tiempo y pasó de sacar el numero y ponerse a la cola. Su tiempo también que se las traía, como casi todos, y es que los tiempos tienen la mala costumbre de llegarles casi siempre a los hombres, medio desarropados, y con una mano delante y otra detrás.


Me acuerdo  ahora de Albert Camus; me acuerdo más de lo que siempre me he acordado porque el día siete de este mes hizo cien años de de su nacimiento en Argelia. Acaso también me acuerde porque quedó de muy tierno huérfano de padre, como yo, o porque muriera a los 46 años, los que visto, calzo y paseo pensando en lo que nos dejó, en este momento.

Pero todo el mundo se está acordando de él porque con apenas 44 ganó el premio Nobel, porque si no, dada su condición de advenedizo entre la intelectualidad de la época, hoy, quién sabe si sabríamos de su nutricio y campechano pensamiento.

¿Qué pensaría Camus de nuestros días? Qué nos diría la sagacidad de su pensamiento.

Unos bucólicos árboles a la vera de una carretera diseñada en época napoleónica, cerca del pueblo donde se había comprado una casa y que dicen es el más bonito de Francia, acabaron con su vida; pero no con la viveza de su obra. Qué nos puede decir la obra de aquel niño “pies negros”, hijo de madre mallorquina, viuda temprana, humilde y analfabeta, que si embargo le enseñó el idioma español,  el francés y la  lengua callada y salvadora de las madres.

Eso es lo que había en aquella época, y por la lógica de la frase que ya sabéis, en eso se hubiera quedado. Pero fue, mal le pese a este Ministro de Educación que tenemos en España, gracias a las becas que  progresó el niño Camus, y a la motivación de sus profesores, y a la propia fantasía de aquel chaval.


Caricatura de Antonio Muñoz Molina,
 por Manuel Madrid Delgado.
He buscado el discurso que pronunció Antonio Muñoz Molina en la entrega del “Premio Príncipe de Asturias de las Letras” del pasado octubre. 

Antonio: otro niño de pueblo sojuzgado por lo que había, y que gracias a la educación y a sus maestros, saltó  con la pértiga de su pensamiento e imaginación, por encima del muro de la limitaciones establecidas por decreto mundi, hasta llegar a ser uno de nuestros mejores embajadores de Cultura y Educación.

Antonio, como hiciera Albert Camus en la academia de Estocolmo, dedican abiertamente sus discursos a los que les dieron la palanca para mover el mundo que había cuando llegaron: sus maestros y las becas que les consiguieron. 

Y acaso leyeron solo para ellos el callado agradecimiento a los que les insuflaron los sueños de cambiarlo: las voces flacas de los amigos, los libros, los largometrajes en oscuros cines de barrio, una música en un templete de plazuela, la garra de la mirada de una actriz sobre el escenario...


No recorten la Educación, no ahoguen la Cultura, señores políticos, gentes pragmáticas y de cuentas ajustar para salir en la foto.

Que sí, que ya lo sabemos porque todavía hay periódicos: "Esto es lo que hay"... Pero miren bien ustedes, que en ellas están gente menuda construyendo, con tesón, pasión y fantasía, el mañana que habremos de ver.

miércoles, 23 de octubre de 2013

El valor de nuestras palabras

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra. 
                                  Blas de Otero




"Ángel entregando las palabras de la sabiduría".
Ilustración del manuscrito conocido como "Glosas Emilianenses",
(un diccionario enciclopédico con 20.000 entradas),
 donde se escribieron en los márgenes 
las primeras palabras como aclaración de los textos en latín,
 en el siglo X, que generarían con los siglos, y otras muchas aportaciones,
  el idioma español actual. 
Se conserva en el monasterio de  El Escorial, procedente del
scriptorium del monasterio de San Millán deSuso,
en la Rioja, España.
Fuente: Wikipedia.
En mis tiempos de escolar, allá por los diez años de mi edad, ocurrió que un día busqué en clase, como tantos, una palabra en mi diccionario.

En realidad, lo que buscaba era el dibujo de la representación del vocablo en cuestión, pues ya por entonces era muy dibujador y andaba siempre llenando mis cuadernos de monigotes. 

Se me daba bien dibujar los pistoleros de las películas,los bólidos, los tractores y maquinaria agrícola, hacer caricaturas a los que me caían mal (empezando por el maestro), y las  poco peraltadas curvas  que mostraban las mujeres de algunas revistas clandestinas, curvas estas , en las que mi lapicero terminaba siempre por derrapar.

Pero lo que aquel día quería dibujar era un astronauta. Vaya usted a saber por qué me había dado por esos hombres ingrávidos, saltadores y que calzaban botas tan anchas para pisar el polvo no usado de la luna. 

Eran los míos tiempos de la EGB, la primera de este peloteo de leyes educativas que se traen los políticos de turno en nuestro País, como si fuesen pandillas enfrentadas, que no saben hacer buenas migas en los patios del recreo, y a la menor desbaratan a pedradas lo hecho por los predecesores, dejando casi siempre dañados a los estudiantes y, me dicen, a los docentes.

El diccionario que los de mi curso usábamos era, creo, el “Iter” de la entonces casi centenaria editorial Sopena, o acaso otro algo más cebado que llamaban “Rancés”. Abrí aquel día el volumen y encontré la palabra, pero no había dibujo alguno que llevarme al cuaderno. “Astronauta: Cosmonauta”, ponía, y se quedaba tan ancho. Así que tomé oxígeno, y flotando con indiferencia por encima de las palabras de las siguientes páginas, alunicé en la cara oculta de la tinta del vocablo que buscaba. Tampoco había allí ilustración de los “pateaestrellas” embuchados es sus trajes,  y encima la definición decía: “Cosmonauta: Astronauta”. ¡Anda!, que para decir eso no hace falta echar merienda, hube de pensar, pues para lo de: "¡ Houston, Houston...! no andaba yo todavía, así que me quedé dando piruetas ingrávidas en el vacío estelar de la ignorancia.

Esta anécdota -que juro me ocurrió ciertamente- me sirvió años después en mi oficio de librero para vender  diccionarios. Me gustaba sacarla siempre que podía, sobre todo con la gente llana que demandaba un buen diccionario, pues con los bien orlados  no era de recibo. "El más gordo, el que más palabras traiga, el que luzca mejor su estampa y encuadernación como los toreros sus trajes…", decían estos clientes a menudo, buscando sin disimulo el más apto para  lustrar la estantería del salón de la casa, o para regalar a algún abogado, notario o médico famoso, para compensar favor recibido.

En general, a mi jefe de la librería le gustaba que  contara mi sucedido para remarcar las diferencias y particularidades de los distintas obras que teníamos en existencia, pues la venta de esos artículos bien arreglaba un día gris, y lo volvían de un multicolor pirotécnico si la obra que conseguía vender  era un enciclopédico de unos cuantos volúmenes.

Cuando todo eso, internet era un pariente lejano, del que se sabía alguna noticia,sí, pero del que no se esperaba vista ni pronto ni medio pronto. Así que el papel reinaba, y los diccionarios eran los lugares donde habíamos de tener las citas a ciegas con las palabras. Y ya se sabe lo que ocurre es esa citas imprevisibles...Y así era que se editaban muchos diccionarios, se vendían bien, y no se leían tan mal.

Portada del primer tomo (1726), 
del "Diccionario de Autoridades", precursor
del actual que edita la RAE.
Se vendían, recuerdo, por quintales los escolares, de diversos tamaños según la edad del alumno, siempre con cubiertas plásticas, bien cosidos, de tapas con saltarines colores y, qué envidia, repletos de suculentas ilustraciones, de golosos dibujos, de cuadros explicativos llamativos como confites,  y  con definiciones tan ricas y nutricias para  niños como cualquier petit suisse.

En los quince años que trabajé como librero recuerdo muchos pelotazos de ventas de algunos títulos que fueron "Best Seller". En mi primer año, 1993, fue el nuevo catecismo de la Iglesia Católica, que oye, no dábamos abasto a desembalar cajas, y los clientes hacían fila en los mostradores para llevarse su ejemplar, con la misma pose y unción con que toman la hostia los fieles en la misa. Hala, tienes razón: no deja de ser una exageración de escribidor.



Pero no es desorbitado contar que en años posteriores, la Real Academia Española de la Lengua editó, en dos tomos manejables (aunque no se podían llamar de bolsillo, pues ni exagerando  se me ocurre prenda que los pudiera llevar), la vigésima primera edición de su policial diccionario. Y lo vendimos como churros calentitos, pues  venían en una cajita muy práctica, y resultaba la obra barata y tentadora  comparada con el volumen grandote, serio y muy pagado de sí como sargento de la Guardia Civil en traje de gala, que se venía editando desde casi trescientos años atrás.

Y ahora que he aludido a la órbita, volvamos al aula de mi infancia, en el pueblo de Sequeros, en la Sierra de Francia de  Salamanca, la que, para que os hagáis una idea,era un lugar como sacado del  poema de Antonio Machado: " ...Y todo un coro infantil va cantando la lección: mil veces ciento, cien mil, mil veces mil, un millón...".

Pues bien, allí había en un rincón un armario de recio roble, con dos puertas, y las puertas con finos cristales viselados, que siempre estaban cerradas con llave. Sus estantes estaban llenos de libros grandes, gruesos, con lomos fileteados en oro cierto o de pega que brillaba con los espadachines rayos del sol que se colaban por las ventanas; volúmenes serios, de pose tieso, llenos de un silencio que sabía  callar muy bien lo mucho que ponían decir, siempre bien alineados por su tamaño; como los ocupantes de la tribuna de un importante desfile militar.

Aquel armario fue uno de mis primeros objetos de deseo.

Yo me ponía muchas veces a mirar los ejemplares que había tras los cristales, de igual manera que miraba los escaparates de las pastelerías cuando me llevaban a la ciudad, y goloseaba lo que podía ver de los diccionarios enciclopédicos, de los atlas universales, de los de astronomía, o de los tomos de historia, de una gran biblia ilustrada de adusta estampa,  de un Quijote, de obras de Azorín, Rosalía de Castro, Unamuno, Emila Pardo Bazán… 

Sin embargo, esos libros nos estaban vedados, salvo en algunas ocasiones. Allí estaba el diccionario de la Real Academia Española también, y era el que más me encandilaba por su aspecto. Encuadernado con tapas de piel española jaspeada, con los enérgicos nervios en el lomo de un forzudo, con sus tejuelos rojo y azul reluciendo como carteleras de neón, y doradas letras estampadas  por doquier, que me prometían grandes dulces del saber en su interior.

Una de las ocasiones en que se sacaba ese diccionario, era cuando alguno de los últimos cursos se topaba con palabra difícil. Yo, que andaría por cuarto o quinto todavía, y decepcionado por los Sopena que tenía que manejar, me lo aprendí, y probé muchas veces  a buscar rarezas para preguntar al maestro por ver si me dejaba el libro. Pero él, la más de las veces, me decía que la palabra por la que preguntaba era de nivel, poco usada, que no la necesitaba ni la iba a necesitar, y que si eso, pues que ya, que ya la aprendería a su tiempo.

Otra de las ocasiones en que el armario lucía abierto, era los días en que llegaba uno de aquellos inspectores itinerantes que visitaban las escuelas  rurales. “A ver, De Arriba, busque usted en el diccionario la palabra...”, me dijo un día, años después, nuestro maestro delante del inspector de turno. Entonces tomé el deseado tocho y me puse a toda velocidad a ello, pues de eso se trataba: de hallarla con rapidez, y de espigarla con habilidad del gran trigal de hojas, y sobre todo, de leer después la definición con voz fluida, nítida, sonora y convincente como el discurrir de riachuelo serrano.

Yo ya sabía que el de la Academia era nulo en dibujos, pero no me importaba, pues había mudado de afición, y lo que buscaba eran palabras ensortijadas, cuanto más cultas mejor, vocablos como si tuvieran cascabeles, para que hicieran de sonajero y lucieran sus brillos en mis trabajos de redacción.

De entonces me viene la manía de pedir a las palabras que  me cuenten las cosas de la vida, los secretos del mundo, la caladura de los humanos. Y a los humanos les  requiero que me cuenten las palabras que sujetan la deriva de su vida, que apaciguan los terremotos de su mundo, las que silencian en los malos tragos,  o dan con alegría a los que más quieren para hacerlos germinar. 

En busca de ellas he reventado las clausuradas puertas de los armarios de los poetas, de los filósofos, me he sentado en los corrillos en las fuentes de los pueblos, he esperado en los cruces de caminos para acoger la palabra del viajero; he habitado casi las bibliotecas municipales , y he entrado a buscar sus confidencias más a las librerías que a las iglesias; he escarbado con mis manos los extensos sembrados de las novelas, he buscado  en los labios de las amadas la mejor definición de lo que sentía; he buscado sin acierto la palabra que me demandaba la inspección disciplinaria del silencio, y, en fin, me he tenido que tragar muchas veces la respuesta tautológica que da a mis preguntas (como las que daba el "Iter")  la soledad no deseada…

Y todo lo contado hasta aquí bien está, pues es lo que hacemos los cuentistas a la menor. Pero las razones de esta entrada son dos: 



VI Congreso de la Lengua Española,
Panamá, octubre de 2013.

El español, una lengua y múltiple,
una manera de decir y muchas de sentir,
que une a 500 millones de hablantes,
de lectores, e, inventándome un neologismo,
 algunos pocos más de "Escuchantes".
 Ilustración de Fernando Vicente.
 El País .com

La primera es que recientemente se ha cumplido el tercer centenario de la fundación de la Real Academia Española de la Lengua, y la consecuente  edición príncipe del  diccionario  que ahora  manejamos en su 22ª confección.

La segunda es que hoy termina el VI Congreso de la Lengua Española que desde el pasado día 20   han estado hilando 200 expertos en Panamá.

Sobre la primera causa que me ha movido a estos párrafos, diré que me gusta el arrojo que tuvieron Juan Manuel  Fernández Pacheco, el marqués de Villena, y siete amigos para confabularse la tarde del 3 de agosto de 1713 en Madrid, y proponerse hacer un diccionario digno de su lengua. Así, sin más, sin ser ni gramáticos ni expertos en lenguas. He leído que lo que les motivaba era el escozor por la decadencia política de su época que tenía contaminada las palabras, y por el gran temor a que su idioma no fue más que otro barbecho, otra ruina de la otrora grande  España. 

En nuestro país nunca ha sido difícil encontrar opositores a tu intención, y ellos las tuvieron muy fornidas, por esto y por lo otro, o porque sí, pero les echó el rey, recién llegado y encima francés, un capote y al final sus intenciones cuajaron. Y fundaron la Academia,  y veintiséis años después de aquella reunión lograron el deseado diccionario, en seis volúmenes, el llamado “De autoridades”, no por ellos, sino porque dotaron  a cada una de las 42.000 entradas de que costa la edición germinal, de ejemplos de los que creían habían sido preclaros en su empleo, vamos: como si hubiesen sido ellos los parteros , los modelos que nos enseñan todavía cómo usarla. Y gastaron muchas horas para restituírles la potestad,  y devolverle la autoridad que las palabras siempre han tenido  para albergar los arcanos del mundo.  

Y, qué cosas, a mi la aventura de estos hombres, de los que alguno iba en mula a las reuniones de los jueves para hacer arqueología lingüística, me resulta más interesante que los tiroteos, las carnes sexuales al peso, y las intrigas esotéricas que tantos abundan. 

Tengo comprobado que seguir el significado original de  las palabras, es como leer la mejor novela de misterio, y que encontrar las que necesitas para alimentarte, es un empeño tozudo, de años de paciencia y extravió y de pasar sonrojo  por el desdén o bufa de los demás, pero eso sí: apasionante.


María Moliner en el salón de su casa,  
construyendo su particular diccionario.

Así les ha ocurrido como norma a muchos de los autores de los más nombrados diccionarios de nuestra lengua. Le ocurrió a la autora de uno de los que más quiero: el de Uso de María Moliner. Ella fue de la primera generación de mujeres que pudieron entrar en la universidad en España, jefa de la biblioteca universitaria de Valencia, degradada por el régimen franquista a sufrida archivera y gracias. Pero eso le dio tiempo, como ella dijo: "Sentía la melancolía de las  energías no aprovechadas". Y se  confabuló contra la desazón en que la habían metido, y durante quince años se sentó por las tardes en la mesa de su salón, con un buen mazo de fichas de cartulina rayadas, una máquina de escribir, y la intención de hacer con método artesanal, evitando un corta y pega del diccionario de la RAE, como había sido hasta allí habitual, y cuidándose de enfangar los entes del nombrar con barros ideológicos, crear un digno inventario de palabras. 

Y eso es lo que consiguió con su ardua tarea en su diccionario. Contaría más de esta obra que le pone a las palabras un halo amigable y casi poético, y te llegan como de una tertulia de amigos, pero: “Es el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”, dice de él Gabriel García Márquez, y si lo dice Gabo…

Antes he llamado “policial” al de la RAE, su misión es legítimamente normativa cierto, pero a veces me resulta seco,huesudo, adusto, justo pero escaso, un poco como un correcto pero desmotivado funcionario tras una ventanilla. Escribiría de estupendos diccionarios que al igual que en mis tiempos escolares me siguen fascinando: del etimológico de Joan Corominas, que parece un Arca Perdida y muestra la maravillosa ascendencia de los vocablos, relataría del Ideológico de Julio Casares, que también,según nos cuenta hubo de pasar un calvario para concluir su obra hasta que encontró al editor García Gili; del especial de Rufino José Cuervo, del excepcional de Manuel Seco y sus colaboradores, que alquilaron un piso e iban a él como quien va a las cuevas de Atapuerca, y lo fueron llenando también de las fichas que iban encontrando en el habla de allá y de acá, de antaño y de hogaño; y treinta años después, en 1999, nos entregaron su Diccionario de Uso, como quien reparte grano de un cupido silo ignorado.

Y hablaría también de los numerosos, humildes, de Diputación de provincias, que recogen las  palabras autóctonas de las comarcas que nos vieron crecer..., pero es tarde, me estoy extendiendo y quiero que te quedes hasta el final de este post.

Sobre el VI congreso de la lengua de Panamá diré poco. 

Podría reseñar ocurridos y ocurrencias de los otros cinco que se han celebrado. De la pretensión, por ejemplo, de Gabo de enmudecer del todo a nuestra “H”, la pobre, o su propuesta de poner manga por hombro nuestra gramática, pero no voy por ahí, lo que quiero es hacer una fábula.

Ilustración de Quinnt Buchholz.
Uno, después de todo, también
se alimenta de palabras...

¿Qué hacer cuando uno siente que las palabras que tanto le ha costado vendimiar de la experiencia, están de repente huecas, vacías de ánima? 

¿Qué hacer cuando las que escuchas las adivinas duras como rocas volcánicas, con las tertulianas televisivas y bobaliconas, o les pillas  un descarado gusto por el embuste  a otras, sobre todos cuando te las dicen los políticos, o hueles una soterrada amenaza si te llegan de los economistas internacionales bien comisionados y primados? 

Qué hacer,sí, cuando uno nota el lenguaje contaminado por estos tiempos de escarnio.

Cuando uno está enfermo acude al médico y le restituye la salud; cuando roto tiene los zapatos, se los lleva al artesano del barrio y te los apaña; a los bajos de moral el psicólogo les restaña el ánimo, y así…

Pues, se me ocurre, que podíamos mandar los vocablos achacosos que todos sabemos, a uno de esos congresos, donde van, digo yo, los sanadores de la lengua que hablamos, que callamos, que escribimos y que sentimos. 

Oigan ustedes, doctos ponentes, versátiles conferenciantes, académicos sedentes en sillones mayúsculos o minúsculos, nombrados autores encuadernados con el dorado del Nobel -diría-, aquí les traigo este camión lleno de palabras para que nos las arreglen, para que les hagan el boca a boca como a los ahogados a ver si vuelven a respirar; para que les traben los huesos pues van por los días con gran cojera, para que encuentren su sentido después de que les den sesiones de Logoterapia (la estupenda terapia de Viktor Frankl de curación por la palabra, el logos arcáico), para que juzguen a algunas por su violencia y las encierren para siempre...

Y les diría más, pero seguro que a estas alturas ya me habrían echado de la sala.

¿Y con qué palabras llenaría yo el hipotético remolque?

Se me ocurren muchas, juntas o acompañadas como “Estado de bienestar” para que le quiten la anorexia que viene sufriendo, o “Futuro” para que en sus ventanillas se vuelvan a vender billetes, o  “Crisis”,  para que nos creamos su sentido de oportunidad, como el que los chinos dibujan en su pictograma, y nos confabulemos con nuestras pequeñas obras contra el desaliento, o “desempleo" para que deje de comer tanto, que tiene serios problemas de obesidad, o corrupción, para que le quiten el olor a huevos podridos que se siente tan solo al imaginarla; o  "Suiza" para que vuelva a ser el país de las postales bucólicas y no la cueva de los ladrones,... y tantas otras a las que en estos días no le veríamos ya la sombra ni aunque nos las hicieran de relieve en ancho granito: esperanza, ilusión, fraternidad, progreso...

Y para salir de un lenguaje plano, ¿A cuáles mandarías tú a los buenos cirujanos congresistas de la lengua?

Voy ya terminando.

Lo que hoy intento decir, es que para conseguir las palabras  con que nos habla nuestra conciencia, con las que grita el silencio, con las que nos sentimos acompañados en la soledad, son muy arduas de encontrar nutridas, que requieren mucha paciencia, acaso toda la vida, pero al cabo son el diccionario propio que cada cual nos hacemos, del que tomamos para entender y entendernos, y del que sacamos para dárselas a los que más queremos, como esas que guardamos celosamente, con las que nos hablaron nuestros ancestros, y las que a veces aún les escuchamos;  o las dejadas por  los autores de todos los tiempos, con los que conversamos mediante los libros sin necesidad de tabla de ouija.

Y sobre las demás, con las que hemos de hablar y escuchar a los demás, con las que hemos de movernos por el mundo  interpretado, esas son las que  esperan bien escritas en los meritorios diccionarios.

La lengua es una de las riquezas de las
naciones, y algunas de ellas recuerdan
en su moneda a los 

que se la engrandecieron
en los solitarios congresos de sus plumas.
Billetes que conservo dedicados a literat@s.
Cada cual tiene el lenguaje que se merece, cada uno las palabras que ha podido  cosechar de su experiencia. 

Dicen que de esta vida no nos llevamos nada, pero mienten: nos llevamos la última palabra que pensamos y acaso pronunciamos, y la que siempre recordarán.

Hay un elogio supremo en lengua española para definir a alguien: “Es un hombre, o mujer, de palabra”.

Sí, el valor, la virtud suprema de la palabra ha de ser devenir en hechos, en pensamientos germinales, en conocimiento que posibilite el futuro, en imaginación fecunda que posibilite el presente, pues, si no, no son más que papel mojado, aire fofo y "mitinero".

Hecho está este escrito, dichas este puñado de palabras que he encontrado en una tarde lluviosa. ¿Cuánto valen?... Espero que valgan al menos la paciencia que tú has tenido para leerlas.




Postdata

Sería el año 2000 cuando de la oficina de la librería donde trabaja en Segovia, me pasaron una llamada de Barcelona. Era una comercial de la Editorial Sopena que nos ofrecía las otrora valiosas obras enciclopédicas de su catálogo casi a precio de saldo. Pedí las que creí que se venderían como gangas por ese precio, pero no resultó bien la operación: había llegado ya por el aire un pariente lejano, y al poco un señor de gruesas gafas de pasta llamado Google que lo sabía todo, y luego una solícita señorita llamada Wikipedia, y un colega de la vega que te lo contaba todo llamado Facebook...

Me acordé del “Iter” de mi infancia y de que “Astronautas” eran, siendo rigurosos, los  americanos de la NASA,  y los de la agencia espacial rusa “Cosmonautas”. 


Si buscáis ahora "Cosmonauta" en el actual diccionario RAE, dice lo mismo que mi "Iter", pero añade el vocablo ruso del que procede, un detalle.



En 2OO4 la editorial Sopena quebró, como tantas últimamente, así que ahora es una casa extinta, otra palabra ésta última que también metería en el remolque, pues ella misma está en peligro de extinción.


(Espero que no se me haya colado ninguna falta de ortografía)

Hasta la próxima, Amig@s...